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La obligación de hablar de Satanás

Manuel Cruz

Manuel Cruz

Periodista

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 13:59

Papa Francisdo durante la Misa de clausura de la cumbre sobre Los abusos a menores en la Iglesia

Papa Francisdo durante la Misa de clausura de la cumbre sobre 'Los abusos a menores en la Iglesia'

En nuestro mundo secularizado y descreído, las contundentes palabras del Papa Francisco contra los autores de abusos sexuales, corren el riesgo de no ser entendidas en su profundidad cuando se refiere a Satanás como herramienta de los abominables crímenes cometidos.

No es la primera vez que el Papa se refiere al Diablo o Satanás en sus discursos, consciente de quién representa al mal que corroe a la sociedad y, en particular a la propia Iglesia que lo combate. Ya Pablo VI escribió después del Concilio Vaticano II que “el humo de Satanás” se había introducido por las rendijas de la Iglesia, al denunciar la confusión con que fue abordada la doctrina conciliar. Juan Pablo II recordaba a su vez que, de hecho, el pecado, es decir, el mal, forma parte del hombre y de su existencia desde los primeros tiempos de la humanidad. Y advertía del peligro de no reconocerlo así en su verdadera dimensión de rechazo y oposición a Dios.

La existencia del diablo está inscrita en las primeras páginas del Génesis como el tentador que trastocó la felicidad querida por Dios para sus criaturas humanas. Pero a lo largo de la historia, el hombre se ha empeñado en ignorar lo que, en esencia, es el origen del pecado.

Se cometería un gran error si no se denuncian los abusos cometidos en el seno de la Iglesia y fuera de ella, con millones de niños afectados, como una acción que “esconde la mano del mal”, es decir, de Satanás “que no perdona ni siquiera la inocencia de los niños”, en palabras del Papa.

Hablar del Diablo, de Satanás, del Tentador, del Padre de la Mentira y de la Hipocresía, es una obligación de catequesis cristiana que estuvo muy presente en las enseñanzas del propio Jesucristo.

No hablar del pecado, de los Novísimos, es, sin duda, una de las grandes hipocresías que sufre el mundo moderno. Y no entenderlo así es no entender al Papa cuando habla, con el corazón y la Biblia en la mano,  de los abominables pecados cometidos por los abusadores.

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