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Narciso Sánchez y su ídolo

Manuel Cruz

Manuel Cruz

Periodista

Tiempo de lectura: 3'Actualizado 09:45

Pedro Sánchez en La Moncloa

Pedro Sánchez en La Moncloa

¿Nos habíamos dado cuenta de que en La Moncloa habita un narcisista necesitado de ser continuamente admirado, convencido como está de que solo él puede arreglar España? Me contaba un amigo psicólogo que, en realidad, nuestra sociedad está llena de narcismo, de personas enamoradas de sí mismas cuyo rasgo externo principal es que, sin estar realmente preparadas para asumir responsabilidades –la culpa siempre es de los demás- son tan vanidosas que se creen capaces de dar solución a los problemas más complejos. Todo consiste en “resistir” los embates de los demás y en persistir en su juego de seducción.

A medida que desgranaba los síntomas del “síndrome narcisista de la personalidad”, se me dibujaba con precisión la imagen de Pedro Sánchez. El psicólogo Javier Urra, que acaba de publicar un diccionario de caracteres, lo decía ayer en una entrevista en “El Semanal” de ABC: de los mil perfiles estudiados, el que mas abunda es el narcisista: “Fíjate en cómo se quiere, cómo se mira y cómo camina Pedro Sánchez”. Así retratado, sin llegar a ser un Dorian Gray, que para eso hay que tener al menos algún sentido de culpa y creer en el diablo, el Narcisco Sánchez reúne todas las características del vanidoso enamorado “su” persona.

Su vanidad le llevó a la obsesión de ser presidente del Gobierno, sin otro mérito que el de creer que triunfaría donde había fracasado Rajoy: convencer a los separatistas catalanes de que “su persona” tenía la varita mágica para alumbrar una “solución política” al conflicto suscitado el 1-O. Mucho antes, desde que firmase su dudosa tesis doctoral, movido por la creencia de que nadie descubriría que faltaban comillas en los textos plagiados, ya hablaba de reformar la Constitución, sin necesidad de revelar nunca qué quitaría y qué añadiría –eso lo  dejaba para sus asesores- y si dimitió como Secretario General del PSOE fue porque no aguantó la ofensiva de los veteranos “barones”, indignados ante la perspectiva de que alcanzara un pacto con los podemitas y los separatistas…

Lo que ocurrió después, una campaña de seducción de las bases, no estaba en el guión de quienes forzaron su dimisión, pero sí en el de Narciso Sánchez, buen conocedor de “su” persona como seductor de masas. Ahora que él mismo se ha ocupado de revelar los principales rasgos de su personalidad, con ridículos tan clamorosos como intentar usurparle el protagonismo al Rey en la recepción del Día de la Hispanidad, los que no adulan al narciso monclovita, debieran preguntarse qué pueden esperar de un personaje que es capaz de morir ahogado con tal de besarse a sí mismo, es decir, de besar a “su” personas, y perdón por la reiteración.

Ahí está, vivo y coleando, lo que Juan Manual de Prada define pais “cretinizado”, el del feminismo crispado que diferencia paradójicamente, en plena oleada de igualitarismo, a “españolas” y “españoles”, con el implícito “españolis” (y lo que te rondaré morena, que todavía no se han atrevido la izquierda rampante a citarlos expresamente). Y cabe deducir que las bases socialistas son tan narcisistas como el propio Narciso Sánchez, hasta el extremo de verse identificadas en él: vanidosas, ignorantes y pagadas de si mismas. ¿Acaso han descubierto el sentido de sus vidas?

Ayer el Papa Francisco, al explicar el Evangelio dedicado a las bienaventuranzas, nos hablo de esas personas que en nuestros días se proponen como “dispensadores” de felicidad: prometen éxito a corto plazo, grandes beneficios y soluciones mágicas a todos los problemas…Todo un peligro que puede llevarnos a caer en la tentación de quebrantar el primer mandamiento, cayendo en la idolatría. (un inciso: el peor pecado en el mundo islámico). Narciso Sánchez ya se ha fabricado su ídolo: su persona. Y su ambición suprema, más allá de La Moncloea, es querer que todos los españoles lo idolatren. Va camino de ello.   

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