OPINIÓN

Ad Libitum con Javier Pereda. Hoy: Lepanto

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Redacción COPE Jaén

Jaén - Publicado el - Actualizado

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Se conmemora el 450 aniversario de la Batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571), el mayor combate naval del mundo moderno. En el Golfo de Patras se enfrentó el Imperio Otomano contra una coalición católica, formada por el Imperio Español, Estados Pontificios, Venecia, Orden de Malta, Génova y Ducado de Saboya. Un testigo de excepción fue nuestro célebre “manco de Lepanto” (herido sólo en la mano izquierda), Miguel de Cervantes; en las Novelas Ejemplares califica la dimensión de aquella cruzada como: “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”.

El papa san Pio V —un hombre de oración y de acción—, preocupado por la creciente expansión del islam en Europa y la conquista otomana de Chipre, asumió la iniciativa ante la pasividad de los Estados católicos. En esta guerra entre la cruz y la media luna, estaba en juego el futuro de la Cristiandad; pues los turcos, entonces dueños de gran parte de Europa, pretendían imponer el islam como única religión. El papa dominico, ferviente amante de la Virgen, aportó lo fundamental de esta batalla: la oración. Antes de la ofensiva convocó un rosario público en la basílica de Santa María la Mayor en Roma, para asegurar el éxito de la empresa. Fue él mismo quien impulsó esta oración mariana por excelencia; rezaba incesantemente el rosario los meses previos a la contienda y mientras se producía el desenlace; y ordenó que se recitara —los soldados lo hacían justo antes de desencadenarse el retumbar de arcabuces y cañones—. A él le debemos, en aquellos momentos decisivos, la inclusión en las letanías lauretanas de una invocación nueva a la Virgen, para honrarla y pedir su protección: “Auxilium Christianorum”.

El papa no tuvo conocimiento del resultado de esta lucha entre civilizaciones hasta dos semanas después. Estando en Roma, reunido con su tesorero, de pronto abrió la ventana y mirando al cielo conoció mediante una revelación especial el resultado final en el golfo de Lepanto, viendo enarbolar los estandartes triunfantes de la Cristiandad; y manifestó a su acompañante: “Id con Dios. No es esta hora de negocios, sino de dar gracias a Jesucristo, pues nuestra escuadra acaba de vencer”. El día del choque amaneció veraniego, sin apenas viento; comenzó la lucha a las 12 en punto, a la hora del Ángelus; y de repente se levantó un fuerte viento en contra de las naves de la flota de Alí Bajá. La Liga Santa, aún en inferioridad de condiciones, hundió 300 galeras turcas, frente a 40 cristianas; las bajas ascendieron a 40.000 musulmanes frente a 10.000 católicos. Por eso, el papa milanés (cuyo nombre secular era Miguel Ghislieri) decretó que el 7 de octubre se celebrara la fiesta de Nuestra Señora de la Victoria; Gregorio XIII cambió el nombre a la Virgen del Rosario. El papa contó con la estrecha colaboración del rey de España, Felipe II, que aportó a la epopeya las tres sextas partes del dinero y de soldados. La herencia espiritual de su padre, Carlos V, fue la defensa de la Cristiandad.

El emperador en la Dieta de Worms declaró durante el enfrentamiento con Lutero: “Estoy determinado en emplear, mis reinos y señoríos, mis amigos, mi cuerpo, mi sangre, mi vida y mi alma, en defensa de la fe católica”. Una tradición bastante fundada mantiene que pensando el papa a quién nombraría capitán general para esta misión, recibió una inspiración leyendo el Evangelio: “Hubo un hombre enviado por Dios cuyo nombre era Juan”. De inmediato concluyó: “Es Juan de Austria”, el hijo de Carlos V, héroe al vencer en las Alpujarras. Antes de comenzar la batalla envió una carta al príncipe de Éboli: “La gana que hay en esta armada de pelear, es mucha, y la confianza en lo de vencer, no es menor, pero haga Dios como Él más se sirva”. Antes de comenzar la ofensiva, don Juan oró de rodillas junto con los soldados; los sacerdotes que iban a bordo bendijeron e impartieron la absolución general, para luchar en estado de gracia. Existen muchas “batallas de Lepanto” que todos los cristianos pueden librar, consigo mismo y en la evangelización del mundo. Ahora como entonces, el rezo del Santo Rosario continúa siendo uno de los principales recursos, un arma poderosa.

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