
Jaén - Publicado el - Actualizado
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La reciente reedición del libro “El rey Balduino: El legado de su vida” (LibrosLibres), viene a mejorar el del cardenal Suenens de 1995, con cartas del monarca belga, testimonios y fotos inéditas. Reconforta profundizar en la vida del rey Balduino (1930-1993), que sucedió a su padre Leopoldo III al abdicar en 1953. Perdió a su madre, la reina Astrid, a los cinco años; su familia fue deportada durante la Segunda Guerra Mundial a Alemania y Austria. El monarca bruselense mantuvo estrechos vínculos con nuestro país, porque contrajo matrimonio canónico en 1960 con la aristócrata madrileña Fabiola de Mora Aragón (1928-2014), hija de los marqueses de Casa Riera. El admirado matrimonio era muy querido en la ciudad granadina de Motril, donde pasaba temporadas de descanso en la finca “Villa Astrida”. Este ejemplar estadista pasará a la historia por un rasgo que define su personalidad y revela sus profundas convicciones: renunció al trono el 3 de abril de 1990, para no firmar la ley del aborto. Con este “testimonio insólito” —aplaudido por el Vaticano— conmovió a la nación y al mundo entero.
El Gobierno, la Cámara de Representantes y el Senado aprobaron la ley que despenalizaba el aborto antes de la 12 semana del embarazo, por el estado de necesidad de la madre. Las leyes han de ser sancionada por el jefe del Estado, como en cualquier monarquía parlamentaria. Sin embargo, el heredero de la Casa Sajonia-Coburgo y Ghota adujo que su conciencia no le permitía firmar esta ley: “¿Sería el único ciudadano belga al que se le obliga a ir en contra de su conciencia en un asunto esencial?”. Todo un hecho sin precedentes en la historia de Bélgica. Pese a la insistencia del primer ministro socialista flamenco, Wilfried Martens, para que el soberano aprobara esta ley, el monarca invocó el derecho a la objeción de conciencia.
Se llegó a una fórmula de compromiso en la que el monarca delegó en el gabinete ministerial el ejercicio de sus facultades, invocando el art. 82 de la Constitución belga: “la incapacidad temporal del representante de la Corona para reinar”. Se pudo aprobar esta ley, al asumir temporalmente la regencia el Consejo de ministros. Durante 36 horas Balduino renunció a su reinado. El 5 de abril, el parlamento belga —sin votos en contra— acordó que había cesado la incapacidad temporal del monarca, quien volvió a asumir sus funciones; pero no dudó anteponer su conciencia al reinado. La valentía del monarca católico, que actuó contra la corrección política, se granjeó —cómo no— las críticas de los diputados de izquierdas, para quienes se había creado una “innecesaria crisis constitucional”. Este heroico proceder, modelo para gobernantes —nos recuerda a Tomás Moro o Tomás Becket—, define las extraordinarias cualidades de su majestad: sereno, firme, con capacidad para escuchar, respetuoso, sensible, que amaba, se desvivía y sufría por su país y cada uno de sus ciudadanos. Mención especial merece la forma providencial, digna de película —reflejo de su vida—, cómo a través del profundo amor a la Virgen encontró a su mujer, la reina Fabiola. Fue en el santuario de Lourdes —entre rezos del rosario y bajo su intercesión maternal— donde sellaron su amor para siempre.
No tuvieron hijos, pese a los cinco abortos involuntarios, pero se dedicaron por completo al servicio de los demás. El amor y las miradas de ternura entre Balduino y Fabiola constituye un ejemplo para gobernantes y cualquier familia; la reina vistió luto blanco en el funeral de su consorte, en señal de esperanza. El libro relata los encuentros del siempre sonriente y alegre rey belga con Pertini, Deng Xiaoping, Miterrand, Juan Pablo II, Dom Hélder Camara, Teresa de Calcuta o el secretario del partido comunista húngaro, János Kádár. En un almuerzo en el castillo de Stuyvenberg en Laeken, le indica que en la Misa de ese día se celebraba la fiesta de santa Isabel de Hungría; le explicó que esa “coincidencia” le sirvió para rezar por él y su país. Antes de morir el dictador comunista —encarceló al cardenal Mindszenty— llamó a un sacerdote. El libro —un magnífico regalo de Navidad— significa una joya espiritual que revela cómo el rey Balduino, con la gracia de Dios, luchaba por alcanzar la santidad en medio de las ocupaciones diarias.



