Las Divinas Palabras de Ernesto Medina. Hoy: La decisión de Pedro Sánchez

Jaén - Publicado el - Actualizado
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Había quedado a las once para tomar un café. Tenía tiempo antes de la cita para dar un paseo por el centro. Vi lo de cualquier mañana. Gente paseando al perro; barrenderos que aseaban las aceras; quienes bajaban del mercado; alguna madre de familia ante el cajero automático por mor de comprobar si hasta que fuera ingresada la nueva nómina todavía se podía estrujar un poco la tarjeta de crédito; incluso enamorados que a hora tan temprana se daban la mano y arrebujaban el uno en el otro para romper el frío que no parecía del mes de abril.
Las conversaciones eran las habituales de un lunes, deportivas. “¿Has visto Nadal? Eso sí que es un ejemplo”. “El Jaén lo tiene jodido para ser primero”. La “ciudadanía” iba a lo suyo, “un descafeinado con leche y media tostada de aceite y tomate”. “Yo un café de verdad y la media que sea de jamón”. Miedo daba tanta normalidad.
Llegué a la cafetería un par de minutos antes de las once. Funcionarios, operarios y oficinistas la llenaban en su hora del desayuno. La televisión estaba encendida. Me sorprendió que nadie la miraba y que estuviera con el volumen apagado. La cámara enfocaba las escaleras del Palacio de La Moncloa. “¿Nos tomamos unos tallos?”. “Por mí, sí. Yo, un chocolate. ¿Y tú?”. Apareció el presidente de Gobierno. Ninguna mirada se desvió hacia la pantalla. Ningún cliente pidió que le subieran la voz. La indiferencia era absoluta. Apabullante. Nadie se enteró de que había decidido seguir porque no había un alma que estuviera pendiente.
Cuenta Jorge Luis Borges que existió un verdugo que decapitaba a los ajusticiados con mucho arte. El tajo del hacha era limpio e inapelable. En cierta ocasión un reo se quejó de que ya había caído el arma sobre su cuello, no había notado nada y además seguía vivo. “Tenga usted la amabilidad de girar levemente la cabeza”, le contestó el verdugo sin inmutarse. Sólo fue necesario que el ajusticiado, extrañado, levantase las cejas para que la cabeza rodase sobre el patíbulo.
La realidad social está en la calle, en los bares, en las gradas de los campos de fútbol, en las colas de los supermercados. Que con su desdén ya han dictado sentencia. El presidente de Gobierno es un muerto político. Sea o no consciente, la ejecución se ha consumado. Un estornudo, incluso un parpadeo, acabará con su trayectoria. Porque en España se sobrevive a casi todo. Excepto al ridículo.
Palabras, divinas palabras



