
Jaén - Publicado el - Actualizado
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lberto Rojas, corresponsal de El Mundo en la guerra de Ucrania, cuenta en una de sus crónicas que tras el desembarco de Normandía los soldados aliados utilizaban como santo y seña dos palabras que un alemán era incapaz de pronunciar sin que se le notara el acento: "flash" y "thunder", relámpago y trueno, respectivamente. El ejército ucraniano ha recuperado la estratagema durante la ofensiva del mes de septiembre. Si un enemigo intenta confundirlos, lo obligan a gritar "palianytsia" o "polunytsia", es decir, hogaza y fresa, vocablos que los rusos no pueden decir sin que se les trabe la lengua.
Me permito añadir a la erudición bélica de Alberto Rojas que en cierta manera los griegos ya utilizaban el lenguaje como arma de guerra. Llamaban “bárbaros” a los persas porque la profusión de “aes” en su idioma era tal que los helenos consideraban que balbuceaban “ba, bar, ba”. Según Polibio, silabear ciertos verbos era para los persas una tortura lingüística.
Las palabras convertidas en balas. Anteayer mismo en Barcelona, manifestación mediante, los idiomas fueron también motivo de confrontación. Español contra catalán, catalán contra español. Lo más lógico sería que ambas lenguas románicas coexistieren y se enriquecieren mutuamente. Pero eso requiere la inteligencia que a muchos les falta.
Pasan los siglos inútilmente. Seguimos haciendo de la religión, la raza o el idioma un elemento distintivo que inhabilita al que no es como nosotros.
Sin que las palabras tengan ninguna culpa. Creadas por el hombre, sin embargo, trascienden a su hacedor. En el inicio de esta nueva temporada procuraré reivindicar su bondad. Mi empeño será cumplir con el nombre de la sección “palabras, divinas palabras”. No seré capaz -soy consciente- de sustraerme a la ironía y la crítica, pero intentaré no mancillar la belleza de las palabras. Entre otros motivos porque hace tiempo que comprendí que en los tiempos sin flores mi único consuelo son las palabras. Son ellas las que intentan devolverme una sonrisa por efímera que sea o aliviar las nubes de tormenta que se forman en mi cabeza. Me invitan al juego de encadenarlas en una sintaxis que me obligan a procurar limpia. Insisten en que las respete para que ellas transmitan, exentas las ambigüedades, el mensaje que en cada ocasión comparta con ustedes, dilectos oyentes.
Las palabras. Las mías. Las tuyas, las suyas, las vuestras. Las que conozco y las que están por descubrir. Los errores serán míos. Las faltas también. Porque ellas, las palabras, son lo mejor de una sociedad a la que le falta comunicación.
Palabras, divinas palabras.



