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Las Divinas Palabras con Ernesto Medina. Hoy: El Sillón

Tiempo de lectura: 2Actualizado 12:35

Están construyendo una rotonda en la entrada de Mancha Real. Justo después de pasar el cuartel de la Guardia Civil. Era necesaria para aliviar un cruce con mucho tráfico y un cambio de rasante considerable para los que vienen por lo que en el pueblo se conoce como la M-30. Las obras obligan a un desvío. Molestias minúsculas que impelen, no obstante, a callejear por el pueblo.

Cada mañana, temprano, en una de las esquinas observo un sillón en la puerta de una casa. La calle es angosta. Con la anchura justa para dos minúsculas aceras y calzada de un solo tránsito. He supuesto que en condiciones normales por allí no hay tráfico rodado pues el sedente tendría que estar recogiendo constantemente las piernas para que no se las ampute el coche al pasar. El sillón es de tipo trono, pero de patas cortas. Los brazos de madera vista, sólo tapizados en el lugar que reposan los codos. El espaldar lo corona una diadema de madera que no invita a reclinar la cabeza. Me parece, en el poco tiempo que puedo verlo a través del parabrisas, que es de polipiel, eso que antes llamaban escay.

El sillón siempre está vacío. Ni siquiera es cobijo de un gato. Quizá lo han sacado los ocupantes de la casa para que se lo lleven los basureros. Su estado de conservación y los muchos días transcurridos descartan esta opción. Sin embargo, su soledad me escama. Me pregunto antes de llegar al Instituto, ¿duerme el sillón al sereno por las noches? ¿Lo colocan de madrugada? Pero, sobre todo, ¿por qué nunca hay nadie?

Una silla de enea las noches de verano para las tertulias. Una butaca plegable para que al abuelo le dé el sol invernal cuando se levante. Sea. Sin embargo, no entiendo un sillón de tanta pompa y circunstancia siempre vacío. Podría ser el homenaje por un fallecido reciente al que lo recuerdan perpetuando sus costumbres. Una enfermedad que ha movido un paréntesis en el hábito. O simplemente está allí para que cuando el usuario lo desee salga, sin necesidad de complicarse la vida, a contemplar la fachada de la casa de enfrente.

Alguien sabrá el porqué de ese sillón siempre en posición, siempre vacío. De la misma manera que cada cual se maneja con los dados de la vida echándolos sobre el tapete en tiradas que parecen incomprensibles.

Palabras, divinas palabras.


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