5ª feria de abril
Morante deja grabado en el albero maestrante la historia del toreo
El diestro cigarrero, en tarde para la historia, provoca la locura y convierte la Maestranza en un manicomio. Víctor Hernández corta una oreja y Juan Ortega es ovacionado.

Morante de la Puebla, citando para un par de banderillas sentado en una silla
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Manuel Viera
Todo fue posible hasta dar lugar a la creación de una obra excepcional, apoteósica, inaudita…la contemplada durante la lidia del cuarto toro de Álvaro Núñez en esta histórica tarde de 16 de abril de 2026 de Feria de Abril de Sevilla. Una magnífica y completísima obra de arte irrenunciable para comprender el talento de un torero. Ya no conozco a nadie que niegue la belleza del toreo de Morante. Pero no son pocos los que aún preguntan el misterio que le engancha. Es inconfundible todo lo que hace. Caso hipnótico. No es otra cosa que la manera de contar historias en el ruedo que adquieran todo su sentido. Sólo con verla narrada consecutivamente, con orden y efecto, las convierte en sublime.
La lidia, desde que esperó la llegada del toro al burladero de matadores, apoyados su hombros en la tablas, recogido el capote, y de toreras maneras, fue toda un potencial torrente creativo, una completa muestra del mejor toreo de todos los tiempos. Un arte propio que conecta y transmite más allá de lo convincente.
Si algo caracteriza la tauromaquia del sevillano de La Puebla es el valor empapado de naturalidad y torería con lo que impregna la lidia imponiéndole sentido trascendente. Y el resultado incide en la dimensión, la sutileza, la complejidad y la enorme verdad. Con ella consigue ese toreo serio y emocional, donde se impone toda la pureza sin concesiones.

Inicio de faena de Morante de la Puebla al cuarto toro de Álvaro Núñez
Cómo es posible crear ese lance, pegado a la tablas, avanzar hasta los mismos medios con ese ritmo sin tiempo. De nuevo la locura, de nuevo la verónica, la precisión de los sublime en un mundo de fantasías alegrado por esa música que le pone notas aleatorias a la más pura belleza que llega al alma. Y esa estampa de tauromaquias pasadas aposentado en la silla con aires chulescos para después improvisar e imposibilitar los caminos hacia ese mundo interior propio, vital, ligado a la pasión creativa del más grande de los artistas del toreo.
También lo dijo y lo hizo al clavar banderillas con toda rotundidad. Insistiendo en el camino de la verdad, mientras se preparaba para dar forma a una obra para siempre recordar. Podrán inventarse historias en el ruedo con otros encantos, pero hace ya tiempo que José Antonio Morante explicó, y hoy lo ha vuelto a hacer, lo entresijos de un toreo tan diferente como inexistente en lo habitual.
Con cada trazo con la mano diestra o natural descubre cuanto puede decirse una y otra vez sobre el temple, esas formas de mantener la embestida dominada a la perfección. Es cierto que con el muletazo diestro abrazo la noble acometida en circulares ensamblados y siempre al límite del final que acaba detrás de la cadera, pero con cada natural descubrió cuanto puede decirse una y otra vez sobre la cadencia el ritmo y la despaciosidad más infinita, esas formas de mantener la embestida dominada a la perfección. Tras sumar media docena de naturales, algunos de ellos eternos, y de mayor interés, decidió cerrar su obra con el sello inconfundible de su torería.
El toreo de Morante es un ejercicio para desentrañar la esencia espiritual de su arte. Un medio para realzar su diferencial tauromaquia, para trasladar al aficionado la forma pasional de un toreo glorioso. Hoy, con él, la gente enloqueció, ante la anécdota de no matar y perder los apéndices, que despojos son y para nada sirven, se lo quisieron llevar bajo la bóveda de la Puerta del Príncipe. Una obsoleta y rancia reglamentación lo impidió.

Morante de la Puebla no pudo salir por la Puerta del Príncipe de la Maestranza, pero sí por la de cuadrillas
El cigarrero no se dio coba con el descastado primero, aceleró en los últimos compases de la lidia para hacer más breves y tolerables los silencios.
Víctor Hernández se presentó en esta plaza como matador de toros y gustó, Demostrado quedó que bebe de la fuete tomasista, aunque a su toreo le da vida propia y un eminente ajuste. Anda también por los caminos de la pureza. Se mostró variado con el capote con el noble tercero y ejecutó una entonada faena de muleta. Entre la muchas bellezas de la lidia, cabría citar al menos la sobrecogedora forma de ejecutar el natural, ejemplo de un arte maestro en hermanar el valor y la verdad espléndidamente servidos. Dejó una excelente cosecha de naturales citando de frente. Un toreo creativo que ligado a la reivindicación del clasicismo, proporcionó al aficionado notable sensaciones convertidas en emociones. Tras estocada caída paseó la oreja.

Derechazo de Víctor Hernández al primer toro de su lote, al que cortó una oreja
Con el soso y distraído sexto, todo lo bueno que hizo careció de emoción.
Juan Ortega fue ovacionado tras despachar de estocada desprendida al segundo. Un toro de nefasto pitón izquierdo y algo más aprovechable el derecho. Juan toreó, despacio a la verónica, y con la diestra muy despacio, en una faena de detalles que estuvo a punto de cuajar. El natural fue imposible. Con el soso y descompuesto quinto la obra quedó en escasos detalles sin enlazar.



