4ª feria de la magdalena
El buen gusto de Pablo Aguado rescata de la vulgaridad al cartel estrella de Castellón
El diestro sevillano y Roca Rey, en otro tono, cortan una oreja ante una descastada corrida de García Jiménez.

Derechazo de Pablo Aguado al sexto toro del festejo en Castellón
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Andrés Verdeguer
La tarde estrella de Castellón, con lleno en los tendidos y tiempo excelente, se vio abocada a la vulgaridad y sólo la rescató Pablo Aguado por su afán por hacer, expresar y, sobre todo, sentir el toreo.
La desigual, anovillada y desrazada corrida de García Jiménez no tuvo fuste. Ausente Manzanares, Roca Rey cortó una oreja de escaso peso desde su versión más populista, justo ahora que se cumplen 10 años de su ascenso la cima del toreo.
Roca Rey, ahora que hace una década que comenzó a escribir su era en lo alto del toreo, precisamente, entonces, entre Fallas y Magdalena, cuando se citó en dos mano a mano con las figuras o los que arreaban: en Castellón fue con un ya retirado López Simón y en València con un Talavante, que en este tiempo también se tomó su periodo sabático.
Ahora que Roca sigue aún imbatible en taquilla —casi lleno en Castellón— y el toreo, en proceso de renovación, se empieza a poner caro, la vulgaridad de una extraña corrida de la casa Matilla contagió la tarde y su resultado final.
Roca Rey cortó una oreja de escaso valor en su primero, un ejemplar anovillado y sin cuajo que como virtud tuvo una movilidad rebrincada y nerviosa, más infantil que madura. Abrió con un buen manojo de estatuarios. Siguió en redondo sin acabar de reducir aquella oleada constante. Mejor al natural. Pero faena esforzada. Sólo los circulares finales por la espalda calentaron para merecer tocar pelo.
En el quinto hubo naufragio del peruano. Animal castaño y basto. Engallado. Bastante para calificar ya la corrida de rara y fea. Con la moneda en el aire, dio igual: Lo sobó, lo recogió y a la que llegó a las rayas, Roca Rey echó las rodillas a suelo y se lo pasó cambiado por la espalda hasta cuatro veces. La plaza se puso en pie, pero a partir de ahí se despeñó.
El toro apenas hizo dos embestidas iguales y el peruano fue desarmado hasta en tres ocasiones. La falta de raza se expresó unas veces tropezando con las manos, otras punteando las telas, otras embestía con el pitón de fuera. Se hundió aquello en la vulgaridad definiiva con dos feos pinchazos de Andrés Roca Rey.
Pablo Aguado rescató la tarde de la ciénaga con la alegría de su toreo. Detalles, destellos o algo más. El necesario velo artístico que se merece el toreo. Como a su primero, estrecho de sienes y acaramelado, pero más cuajado. Seriedad en expresión y comportamiento: Carcelero empujó encastado ante el peto.
Pablo Aguado, a su aire le dio capa y lo recogió en media pausada y vertical. El quite por chicuelo lo cerró igual. Gracia y donaire lo llaman. Sentir y torear con el cuerpo. Opera flamenca atacó tras el inicio torero y por abajo. La naturalidad y el sentimiento en cada muletazo. Le faltó profundidad al buen toro de García Jiménez al final y a Aguado asegurar el trofeo con la espada.
Pablo Aguado volvió a desear sentir el toreo con el sexto. Otro extraño ejemplar, salpicado, anovillado y de escasa formalidad. Muy trabajoso resultó poner orden y meterlo en la muleta. Pero cuando lo lograba era para torear y sentir aquello, el toreo, vertical, con la cintura asentada y acompañar con el pecho. Soltar una trinchera. Volver a recoger, ligar con naturalidad y a favor de querencia cerrarlo con el toreo ayudado por abajo y un kikirikí. La espada esta vez no falló. Se puede decir que Pablo Aguado rescató la tarde con este trofeo.
José María Manzanares escurrió el bulto toda la tarde sin atisbo ni pálpito alguno por esbozar el toreo. La clase y buena onda que sacó el terciado Veraneante de García Jiménez, que abrió plaza, Manzanares la malversó con una colección de muletazos sin alma ni afán por acariciar una embestida que ya desde el capote colocó la cara y tiró para adelante con cadencia.
Manzanares, en cambio, lo castigo de inicio, y no se comprometió por ninguna de las dos manos. Toreó, o justo lo contrario, veloz y exento de arte, mientras el de Matilla hacía surcos con son.
Con el quinto, un mar de dudas. Una pintura de toro, recortado y fino de cabos. Manzanares también castigó de inicio por demás y lo pasó de muleta muy tensionado. Sin redondear ninguna tanda. La banda, además, atacó por su cuenta y riesgo el pasodoble Gallito. Un insulto musical ante tanta vulgaridad.



