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El peor momento de Urdangarin en prisión: la visita de su hijo mayor

El marido de la Infanta Cristina podrá aspirar en diciembre de su primer permiso tras un cuarto de condena

Un año de Urdangarín en prisión: deporte, lectura y charlas con un sacerdote

 

Juan Baño

Jefe de Interior de COPE

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 18 jun 2019

El 18 de junio de 2018 Iñaki Urdangarin, condenado por el caso Nóos, ingresó en prisión. Estaba en libertad provisional, podía elegir cárcel y optó por la abulense de mujeres, la de Brieva.Para diciembre habrá pasado lo peor: Con un cuarto de la pena de cinco años y diez meses cumplida, el cuñado del Rey podrá aspirar a su primer permiso antes de Navidad, el 28 de noviembre. De los momentos más duros este año, quizás, el día que le visitó su hijo mayor, Juan Valentín, acompañado de su madre, la Infanta Cristina. El chaval, de 19 años, salió “literalmente hundido” al ver a su padre al otro lado del cristal.

Como cualquier preso, Urdangarin dispone de una tarjeta telefónica con la que puede llamar a 10 números previamente autorizados durante la semana, por un tiempo de cinco minutos la llamada. Respecto a las comunicaciones extraordinarias en el locutorio, el interno dispone de dos a la semana de 20 minutos cada una, aunque si así lo quiere, puede juntarlas en una de 40 minutos. Hasta cuatro personas pueden visitarle en esas comunicaciones.

Ni una sola imagen ha trascendido de su día a día entre rejas. Unos 60 metros cuadrados de módulo especial en el que Iñaki Urdangarín ocupa una de las cuatro celdas (las otras están vacías), un pequeño comedor-sala de estar y un minúsculo gimnasio. Consiguió que le instalaran una bicicleta estática tras denegárselo la cárcel.

El juez se lo autorizó. A todo un deportista de élite el artilugio se le quedó pequeño y el preso accede ahora de manera controlada y, siempre solo, al polideportivo. Deporte, lectura, también escribe mucho y el cuidado de un pequeño huerto, formado básicamente por macetas, le ayudan a matar el tiempo. Ve la televisión y mantiene largas charlas con un sacerdote amigo. La fe, aseguran fuentes de COPE, le ayuda a combatir lo que él ha deseado: la soledad. Es el precio a pagar por mantener la discreción. Hasta ahora lo ha conseguido.

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