Odiada por ser española y católica: el castigo de Enrique VIII a Catalina de Aragón que fue peor que la ejecución

El rey tirano de Inglaterra fue conocido por sus múltiples matrimonios y por la ejecución a alguna de sus esposas, pero el castigo que impuso a su primera mujer fue uno de los más crueles

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Catalina de Aragón defendiendo su causa matrimonial frente a Enrique VIII, deseoso de divorciarse

Ana Rumí

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Si hay algún rey de Inglaterra que todos conocemos, independientemente de sus gestas y sus estrategias políticas, ese es Enrique VIII. Sí, no nos vamos hasta los recientes, porque reconocerlos sería demasiado obvio.   

Enrique VIII es, a todas luces, uno de los monarcas más conocidos en uno y otro confín del mundo, y se le conoce, realmente, por sus múltiples matrimonios. Porque a lo largo de la historia, no ha habido un rey, sea cual sea su dinastía, que haya contraído matrimonio en tantas ocasiones.

Él se casó un total de seis veces y, precisamente, a causa de sus matrimonios, existe la Iglesia Anglicana. Puede que eso sea harina de otro costal, pero lo cierto es que al rey inglés se le conoce porque, preso de no poder divorciarse, creó su propia iglesia y la herencia espiritual inglesa se debe a que, en realidad, Enrique VIII quiso casarse con su amante.

Además de ello, es conocido por su crueldad, ya que, cansado de estar casado con la mujer de turno y que no le diera herederos varones, procedía a ejecutarlas o repudiarlas. Su tiranía y su egoísmo, además de narcisismo, llevó a sus seis esposas a vivir en un infierno en la tierra, siendo castigadas, humilladas y vejadas privada y públicamente.

Y todo empezó, por supuesto, con su primera mujer: Catalina de Aragón.

El matrimonio con Catalina de Aragón  

Antes de renunciar a su fe y emprender un nuevo capítulo eclesial, Enrique VIII y sus ascendientes practicaban el catolicismo, por lo que unas buenas alianzas con reyes y príncipes de su misma fe en Europa eran siempre bienvenidas.   

España e Inglaterra han tenido unas relaciones de idas y venidas, de alianza y de animadversión a lo largo de la historia, y, precisamente, para limar esas asperezas, era fundamental emparentar a los herederos. Si había una monarquía fuerte a inicios de la Edad Moderna, esa era la española, en cabeza con los Reyes Católicos.

Por cuestiones estratégicas y de fe, para los Tudor era fundamental formar alianzas matrimoniales con los Católicos, por lo que concertaron el matrimonio de su heredero al trono, Arturo, con la pequeña de Isabel y Fernando, Catalina.

Sin embargo, un revés golpeó su vida: al poco de casarse, Arturo murió a causa de una “enfermedad desconocida”, dejando vacante el principado de Gales y viuda a Catalina. Rápidamente, se convino en casar a la viuda con el hermano de Arturo y nuevo príncipe de Gales: Enrique, más tarde, Enrique VIII.

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Representación con muñecos de cera de las esposas de Enrique VIII

Un matrimonio que, esta vez, sí fue próspero, pero no tanto como esperaba Enrique VIII. Y es que con Catalina de Aragón estuvo casado 23 años, pero las cosas no salieron como él quería: no pudieron tener un heredero varón que consiguiera sobrevivir.

Harto, cada vez más amargado y considerando insoportable su matrimonio con Catalina de Aragón (mientras se enamoraba de su dama de compañía, Ana Bolena), decidió tomar la decisión de divorciarse, algo no permitido por la Iglesia. Así es cómo pergeñó su plan: separarse de la Iglesia Católica, con la benevolencia del arzobispo Thomas Wosley.

Así emprendió su nuevo capítulo eclesial, considerándose a sí mismo la cabeza de la Iglesia Anglicana, y consiguiendo divorciarse (pese a la negativa de su esposa) de Catalina de Aragón. Su castigo, sin embargo, no fue el divorcio.

El castigo a Catalina de Aragón  

Catalina de Aragón se había formado en una educación fuerte y firme en la fe, heredada de sus padres, y cuando Enrique VIII planteó la cuestión de la separación, se negó en rotundo. Se negó y realizó varios escritos y embajadas pidiendo que no se tuvieran en cuenta las exigencias de su marido.   

Todo ello fue en vano y Enrique VIII consiguió salirse con la suya, pero, como contrapartida, creció su animadversión hacia su entonces esposa, a la que quiso imponerle un doloroso castigo.

Así fue como, una vez divorciado (y con su solo consentimiento), desterró a Catalina de Aragón y la expulsó de Londres, obligándola a recluirse en el castillo de Kimbolton. Ese, sin duda, no fue el peor castigo, porque al llevarla ahí con extrema vigilancia, le prohibió tener contacto alguno con su hija María, quien luego sería reina de Inglaterra.

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Grabado del momento de la muerte de Catalina de Aragón, recluida en el castillo y sin poder ver a su hija

Pese a la prohibición de verse o de escribirse, consiguieron mantener el contacto en la clandestinidad. Nunca volvieron a verse, pero Catalina de Aragón hizo todo lo posible por que su destierro no hubiera sido en vano: escribió a su sobrino Carlos V para pedirle protección para María.

Una crueldad intolerable que se propició por el odio que Enrique VIII sentía por Catalina y por lo que ella representaba: una monarquía española fuerte y firme en la fe.