La solidaridad no es una grosería
Madrid - Publicado el - Actualizado
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El mundo ha escuchado decir al Papa Francisco en varias ocasiones que el orden económico en que vivimos soporta con fastidio que la solidaridad golpee con insistencia su maltrecha conciencia moral. La última vez que ha sido en una audiencia ante 7500 personas que trabajan en las Acerías de Terni. Treinta y tres años antes era Juan Pablo II quien visitaba esta siderurgia.
La dignidad del trabajo, la supremacía del trabajo sobre el capital y el drama del desempleo fueron la trama del mensaje que entonces pronunció Juan Pablo II. Muchos años después, y en la línea de la Doctrina Social de la Iglesia, el Papa Francisco ha repetido lo mismo para recordar que el trabajo sigue siendo el primer y principal sustento con el que cuentan las familias. De ahí la gravedad de un sistema económico en el que la lógica mercantil se impone, como fruto de decisiones conscientes, al deber imprescriptible de crear empleo.
La falta de trabajo atenta contra la dignidad y genera exclusión social, al tiempo que alimenta la apatía, la revancha y el fatalismo. Ésta es la realidad de un sistema en el que priman los intereses del dinero y en el que, como denunciaba hace treinta años Juan Pablo II, el egoísmo campa a sus anchas. Ciertamente es mucho lo que queda por hacer, pero la inteligencia de la fe y la creatividad que nace de ella, ha recordado el Papa Francisco, son los únicos antídotos contra el desempleo. Basta con mirar la realidad y dejarse interpelar por sus protagonistas.



