EL PISCOLABIS

Lametones a un sidoso

Mi perro jamás llevó lazo rojo. Ni de otro color. Pero me dio la lección de vida

Lametones a un sidoso

 

Comunicador

Tiempo de lectura: 3' Actualizado 12:36

Creo que lo conté en su día, pero hay cosas que conviene recordar. Como la lección que me dio un perro sobre lo que es normalidad. Y, si me apuran, empatía. Sucedió en los incipientes años del SIDA. Cuando nos impactaba que Rock Hudson declarara que «tenía eso». No por el virus en sí, lo de VIH sonaba a sistema de vídeo, sino porque McMillan no podía ser gay. Con lo machote que parecía. Freddie Mercury vale, pero Hudson...En fin, así éramos. Aunque tampoco nos afectó demasiado. Los primeros en preocuparse fueron los drogadictos, por aquello de compartir jeringuilla. Después los homosexuales. Si no eras ninguna de las dos cosas, no había miedo. Añadamos que tampoco éramos Julio Iglesias en sus años más activos. Así que parecía difícil el contagio. Aquello de que te acostabas con una persona y, al hacerlo, lo hacías con quienes lo habían hecho con ella, parecía más leyenda que realidad. No hay mayor ciego que el que no quiere ver. Ni oír. Hasta que ya fue tarde. Y todos perdimos a alguien.

Hoy es uno de esos días de lazo en la solapa y frase correcta. En poco más hemos mejorado. Se tiene menos precaución que nunca, pese a que hay más promiscuidad que antes. Y lo peor es la persistente ignorancia y la desidia. Han hecho una encuesta mundial sobre lo que sabemos del SIDA. Da miedo. Un conejo excitado tiene más sentido común. Y eso incluye a Euskadi. Lo subrayo porque fuimos una de las tierras más azotadas por el virus. Pueblos como Bermeo, sobre todo por la droga, perdieron a toda una generación. O a varias. De hecho batimos récords a nivel mundial. Y sin embargo, lo hemos olvidado. No usted o yo. Pero sí la gente que no lo vivió y cree que es una milonga de los 80, una década en la que sus padres eran jóvenes y horteras. De ahí los datos. En Euskadi los jóvenes que creen que no es tan peligroso contraerlo, porque hay solución médica, son cada vez más. Pero no acaba aquí la cosa. El 36% de los vascos declara que no se sentiría cómodo trabajando con alguien que tuviera VIH. Ojo que aquí superamos la media estatal del 28%. Pero como la generación actual es tan lerda como la nuestra, un 42% cree que estos pacientes pueden desempeñar cualquier tipo de trabajo. Porcentaje superior a la media española que es 35%. Lo que choca con lo anterior. O no. Las opiniones son como los culos. Todos tenemos una. Sea como fuere, hay demasiado rechazo como para dejarlo pasar. Sobre todo porque, y esto es significativo, el 62% está convencido de que una persona puede seguir transmitiendo el virus, a pesar de tener la enfermedad controlada. Y un tercio todavía piensa que es posible contraerlo al compartir un cepillo de dientes. Ojo que, en los 80 y 90 había gente que decía cosas parecidas. Recuerdo un compañero de trabajo que aseguraba, y daba igual lo que le dijeras, que a través del sexo oral no te contagiabas. Y así le fue. Lo que me lleva al perro que me dio toda una lección.

Era un día de fiesta tonta y tarde larga. Reconozco que le había visto al entrar. Las llagas en cuello y cara y la fragilidad de la dentadura dejaban claro que las drogas habían hecho mella y que el SIDA no le era ajeno. Dato que confirmé tras escuchar a uno de los clientes, susurrándoselo a otro. Por entonces se podía fumar en los bares y los perros no estaban vetados. Así que el perro, que era más sociable fuera que en casa, nos abandonó para acercarse al tipo delgado del final de la barra. Era evidente que tenía buena mano con los seres de cuatro patas. Y el perro le lamió la mano. Bajó del taburete y, en cuclillas, acarició al perro con manos expertas. Así que el chucho pasó a la siguiente fase y le chupó la cara.-Le está lamiendo al sidoso-pensé. Sí, lo confieso. Y lo mismo debieron pensar los demás, porque esquivaron al perro como si tuviera la sarna. Desde ese entonces, cada vez que coincidíamos, se repetía la misma liturgia. Lo que provocó mi acercamiento. Tarde, es verdad, pero llegó. Y fue gracias a aquél perro. En las encuestas nunca les preguntan. Una pena. Son más sinceros. Y, sobre todo, más listos. Hay quien le llama a eso inteligencia emocional. Puede. Lo único claro es que ya no están ni el perro, ni el hombre. El primero murió con los años y el segundo sobrevivió algunos más. Pocos. Creo que también fue ese el destino de su pareja. La mujer que compartió con él todo, incluidos los letales vicios. Ya se sabe, en lo bueno y en lo malo. Y el SIDA era muy malo. Lo sigue siendo. Te lo dicen quienes conviven con él. Pero también que se sobrelleva. A veces es más dañino el desprecio de quienes no tienen el virus. Sería bueno recordarlo hoy. Y siempre. Mi perro jamás llevó lazo rojo. Ni de otro color. Pero me dio la lección de vida. La que me recuerda que no hay mayor enfermedad ni pandemia más letal que la suprema ignorancia.

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