Madrid - Publicado el - Actualizado
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El expresidente del Gobierno, Felipe González, ha lanzado un torpedo a la línea de flotación de la credibilidad de Pedro Sánchez. Un paso más entre los muchos que hora tras hora se van sumando en la crisis interna más grave que el PSOE ha padecido desde la transición. González ha declarado que se siente frustrado, “como si me hubiera engañado”, dado que Sánchez le dijo, tras las pasadas elecciones, que votaría no en el primer escrutinio de la investidura de Rajoy, pero que en el segundo se abstendría para poder hacer una oposición fuerte. A las críticas de González hay que añadir las de los barones regionales y las de no pocos diputados que consideran la estrategia de Pedro Sánchez como un ejercicio de deslealtad. Pero las declaraciones de Felipe González van más allá, al afirmar que el problema de Pedro Sánchez es que no asume la responsabilidad de un fracaso electoral continuado. Además, le ha advertido que no se puede demonizar al PP y a sus más ocho millones de votantes. La perspectiva de Felipe González es iluminadora. De hecho, la estrategia de supervivencia de Sánchez nos devuelve al esquema de las dos Españas, con un PSOE que prefiere pactar con populistas e independentistas antes que alcanzar cualquier acuerdo con el gran partido constitucional del centro-derecha. Pedro Sánchez debería sacar conclusiones y no esperar a que en el Comité Federal se escenifique la ruptura interna de una formación que es clave en el tablero político español.



