Madrid - Publicado el - Actualizado
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El atentado de Niza ha suscitado una nueva reacción de solidaridad con Francia, pero conviene no minusvalorar el terrible potencial desestabilizador del terrorismo, como hemos tenido tristemente ocasión de comprobar en España. El yihadismo golpea el corazón de Europa porque está perdiendo terreno en Siria e Irak, pero también porque sabe que puede hacer mucho daño con este tipo de acciones.Apelar a los valores cívicos y republicanos es necesario pero no suficiente. Hace falta un diálogo más profundo con personas procedentes de otras culturas para evitar que una parte de la sociedad las perciba como un elemento extraño y amenazador, y que ellas mismas se aíslen del resto. No es sencillo, porque el debilitamiento de las raíces de muchos europeos hace difícil un verdadero encuentro que saque a relucir las frustraciones, anhelos y esperanzas reales de las personas. Como pedía el obispo de Niza tras la matanza, no es momento para replegarse en uno mismo, sino para afrontar con los demás preguntas como el misterio de un odio ciego capaz de asesinar en nombre de una ideología o de una fe religiosa pervertida.La compasión con las víctimas es el punto de partida necesario para contrarrestar el veneno del miedo y la división que el terrorismo inocula en las sociedades. El cristiano, pedía el obispo de Niza, está llamado en este contexto a iluminar estos momentos dramáticos con el testimonio de la cruz redentora, en la que el odio y la muerte son definitivamente vencidos por el amor de Dios.



