Madrid - Publicado el - Actualizado
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La marcha de las fuerzas iraquíes hacia la ciudad de Mosul, bastión simbólico del Estado Islámico y lugar en el que el 2004 Al Bagdadi porclamó el califato, supone un antes y un después de consecuencias militares y políticas no del todo previsibles. La liberación de Mosul supondrá la pérdida de un territorio simbólico para el Estado Islámico. Esta batalla forma parte de un movimiento estratégico, auspiciado por la legalidad de Naciones Unidas, de jaque mate frente a la pretensión de asentamiento definitivo y de propaganda del Estado Islámico. La alianza de tropas internacionales lideradas por Estados Unidos, con iraquíes, milicias chííes y kurdas, avanza con dificultades en una guerra que se prevee larga en el tiempo y difícil en la estrategia. Uno de los primeros territorios liberados ha sido el de la población cristiana de Qaraqosh, en la llanura de Nínive. Los cristianos han festejado la liberación con cantos, bailes y celebraciones de la eucaristía en acción de gracias. El Patriarca caldeo Luis Sako ha hecho un llamamiento a afrontar esta liberación con un espíritu de reconciliación y con “responsabilidad histórica, nacional y moral, en orden a la construcción de unas relaciones internas y externas equilibradas y estables”. El jefe de la principal comunidad cristiana del país ha pedido que se eviten todos los actos contrarios a la reconciliación y a la paz. El bien común de Irak, ha recordado monseñor Luis Sako, debe primar en la construcción del nuevo Irak por encima de cualquier veneno de división.



