Madrid - Publicado el - Actualizado
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El histórico encuentro que se ha producido entre el Papa Francisco y el Patriarca Ruso Kirill, ha tenido lugar en un aeropuerto, en un cruce de caminos. El sitio es simbólico: la ortodoxia y el catolicismo se encuentran mientras caminan, mientras afrontan circunstancias similares. El genocidio de los cristianos de Oriente Próximo es una de esas circunstancias que une a las dos iglesias: Roma y Moscú, unidas en el testimonio y en la sangre de los mártires de Siria, Iraq, Egipto y Tierra Santa.Francisco ha buscado y querido este encuentro preparado durante dos años sin poner condiciones. No ha querido buscar una unidad política para hacer frente a supuestos enemigos comunes. El suyo es el deseo de mostrar que más allá de las diferencias, el cristianismo es testimonio de la verdad por la unidad de los bautizados. Francisco ha querido abrazar al jefe de una Iglesia de santos y mártires que durante las décadas de ateísmo forzado aportó al mundo un gran tesoro de libertad y de humanidad. Tesoro que sigue presente en la ortodoxia del comienzo del siglo XXI. De Oriente sigue llegando una estima por la belleza que Occidente, a menudo, ha perdido en la aridez de los conceptos.Francisco vuelve a sorprender al mundo con sus gestos libres que van a lo esencial. La figura del papa se hace así más nítida. La que para algunos parecía como una de las últimas monarquías, brilla en un primado de testimonio y de servicio al hombre.



