Y...Marchena se hartó

Repasamos lo que ha sido noticia esta semana en el juicio del 'procés'

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Patricia Rosety
@patriciarosety

Jefa de Tribunales

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 13:50

Había una vez un circo. Lo cantaban “los payasos de la tele”, Gaby, Fofó, Miliki y Fofito. Y a punto de convertirse en un circo estuvo esta semana el juicio del procés. Para empezar, entre los testigos, había un payaso profesional que poco le faltó para colocarse su reivindicativa nariz roja con la que solía hacer las protestas, según contó en la sala. Pero ahí estaba Marchena. El caso, es que cuando llegó este testigo, Jordi Pesarrodona, acompañado por su abogado porque está investigado en otra causa, el circo estaba ya prácticamente montado.

Dos días de testigos de las defensas, lunes y martes, a cada cual más “sui géneris”. Empezó la semana con la exdiputada de la CUP, Mireia Boya, procesada por un delito de desobediencia, alardeando de su ajetreado 20 de septiembre en Barcelona. De un lado para otro. Desde la Consejería de Exteriores a la de Economía, pasando por la sede de la CUP y resistiéndose a desconvocar las concentraciones. Había que protestar. Eso sí, encima del patrol de la Guardia Civil para que la pudieran ver y poder arengar a la muchedumbre. Incluso hizo bromas con su peso. Ella no dañó los coches de la Benemérita.

Pero el día fuerte fue el martes. Ese día, Manuel Marchena, que demuestra paciencia infinita, se hartó. Parecía que los testigos estaban más que escogidos. El sindicalista de la Enseñanza, Ramón Font, estaba empeñado en corregir y reprochar a la Abogada del Estado, y de forma impertinente preguntaba a Marchena, preguntaba al Presidente del Tribunal, si quería que le contestase con un monosílabo. Marchena, con suma seriedad, de esa que impone, le advirtió. “No haga perder el tiempo porque eso tiene consecuencias legales”, le dijo. Pero hubo más. Después llegó una filósofa y ensayista, Marina Garcés. Tenía un café pendiente con Jordi Cuixart, recordaba que tuvo décimas de fiebre y el 1 de octubre alucinó por los hechos que sucedieron. Nada de eso tiene trascendencia jurídica. Y Marchena, más serio, cortó y advirtió al abogado de Cuixart, Benet Salellas, que era quien había propuesto a estos testigos, y a la declarante.

Pero el súmmum llegó con un abogado, Lluis Matamala, que pretendía plantear una cuestión al tribunal para poder responder en catalán. Además de recordarle que era jurista, Marchena le dijo que era un tercero y que sólo acusaciones y defensas podían plantear cuestiones . Y le espetó que tenía que contestar en castellano y si no quería podía irse, asumiendo las consecuencias. Marchena y todo el tribunal estaban más que hartos. Mostraron su malestar con la estrategia de defensa y en especial con el abogado Salellas. Una intolerable actitud de provocación. Y como colofón, una testigo con mucho desparpajo y vehemecia. Marchena le tuvo que pedir con insistencia que se tranqulizara porque sino pasaríamos al siguiente testigo hasta que le llegase la tranquilidad. No se dan cuenta, o no quieren darse cuenta, de que están en el Tribunal Supremo. La paciencia de Marchena, tiene un límite, y esta semana, abogados y testigos, lo alcanzaron.

Tras este “elenco” de testigos es posible que a muchos les haya venido a la cabeza la canción de “los payasos de la tele”.

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