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Santoña, los 763 escalones al Faro del Caballo, el jinete maldito y las sobadoras de anchoas

Santoña, los 763 escalones al Faro del Caballo, el jinete maldito y las sobadoras de anchoas

Fotos cedidas por Turismo de Santoña

Tiempo de lectura: 3'Actualizado 23:38

Santoña, cuyos orígenes se remontan al Paleolítico Superior, es una de esos lugares que tienen su historia marcada a fuego, sangre y coraje.


Puerto estratégico para los romanos en sus campañas en Hispania y la Galia, cuentan que incluso el Apóstol Santiago ha dejado huella en este lugar porque, durante su paso por España, habría construido una iglesia justo donde hoy se levanta la de Santa María del Puerto.

Santoña, los 763 escalones al Faro del Caballo, el jinete maldito y las sobadoras de anchoas

Fotos cedidas por Turismo de Santoña



Villa marinera por excelencia, su nombre está también escrito con letras de oro en el descubrimiento de América, porque el Santoñés Juan de la Cosa fue el armador de la carabela Santa María y a él le debemos el primer mapamundi en el que aparece cartografiado el Nuevo Mundo.


No sería la única hazaña marinera de los santoñeses porque, Guadalquivir arriba, también desempeñaron un papel importante en la reconquista de Sevilla. Los árabes que ocupaban la capital hispalense, habían cruzado el río con gruesas cadenas que impedían la llegada de los barcos cristianos que pretendían recuperar la ciudad. Fueron marineros y naves cántabros, entre ellos santoñeses, quienes rompieron aquellas cadenas propiciando que Sevilla fuera reconquistada por Fernando III el Santo. En memoria de la valentía demostrada en esa campaña, la Torre del Oro forma parte del escudo de la villa.


Pero uno de los días que marcaron un antes y un después para Santoña, fue el 10 de septiembre de 1705, fecha en la que Felipe V dictaba una norma por la cual le permitía recobrar su condición de Villa Real. Los santoñeses recuperaban, así y por segunda vez, su Jurisdicción Real, su independencia, previo pago de 12.000 ducados.

Santoña, los 763 escalones al Faro del Caballo, el jinete maldito y las sobadoras de anchoas

Fotos cedidas por Turismo de Santoña

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La primera vez que habían pugnado por ser independientes había sido en 1579 cuando Felipe II, por la nada módica cantidad de 16.000 maravedíes por cada uno de sus habitantes, le había firmado una cédula concediendo jurisdicción propia a Santoña que, desde entonces sería reconocida como Villa Real, jurisdicción que para recuperarse de una gran crisis económica los santoñeses se habían visto obligados a vender al Duque de Lerma.


Testigo y parte de importantes batallas navales, quedan como testigos los imponentes e inexpugnables los fuertes defensivos y las baterías de costa con los que los franceses convirtieron la villa en un lugar inexpugnable, hasta el punto de que a ellos se replegaron los últimos soldados franceses y desde donde salieron, derrotados, de vuelta a Francia.


Sería Isabel II, con su “Plan de alumbrado marítimo de las costas”, las que añadiría edificaciones que hoy son imágenes icónicas de Santoña, sus faros, entre los que destaca, colgado en el borde mismo del acantilado, el Faro del Caballo.


Ese faro espectacular, que se encendía por primera vez el 31 de agosto de 1863, hoy se encuentra inoperativo y convertido en impresionante reclamo para los valientes que se sienten capaces de enfrentarse a la escalera infinita y descender los 763 escalones que llevan hasta él o los 800 que descienden hasta el mar y que después hay que subir de nuevo. Los menos avezados, tienen la opción de llegar a él por mar, aunque el esfuerzo de enfrentarse a la escalera que parce no tener fin, se ve compensado por las extraordinarias vistas sobre el Cantábrico por un lado y por el otro, por el Monte Buciero, que cuenta con su propia y trágica leyenda.

Santoña, los 763 escalones al Faro del Caballo, el jinete maldito y las sobadoras de anchoas

Fotos cedidas por Turismo de Santoña



Dicen que, donde hoy apenas queda el recuerdo, hubo un rico castillo habitado por el matrimonio Rodrigo de los Vélez y Dulce de Saldaña y que con ellos vivía su ahijado Íñigo. Aprovechando que Rodrigo tuvo que ausentarse para participar en las campañas contra los sarracenos, su ahijado intentó seducir a la esposa que, viéndose acorralada en lo alto de la torre, decidió quitarse la vida. Íñigo, asustado por la muerte que acababa de provocar, dio un paso atrás y termino despeñándose por el acantilado y cuentan que, cuando el cielo parece desplomarse sobre el mar, se puede ver su figura, cual jinete maldito, cabalgando las olas más oscuras del Cantábrico.


Ese mar, de azules imposibles si está tranquilo y de temibles temporales cuando está bravo, también deja exquisitos regalos en Santoña, porque es ahí donde las sobadoras de anchoas filetean, uno a uno y a mano, los bocartes que habrán pasado entre 6 meses y tres años prensados y curándose en barriles de sal. Dicen que siguen utilizando la técnica heredada de un siciliano que llegó un día a Santoña para comprar pescado pero que, enamorado de una santoñesa, decidió quedarse. Admirado por la calidad de aquellos bocartes, extraordinariamente frescos que se capturaban en primavera y solo en el Golfo de Vizcaya, inventó una nueva forma de conservación que los convertiría en el exquisito producto gourmet que conocemos como anchoa. Eso, su forma de conservación es lo que marca la diferencia con el boquerón, que siendo también un bocarte, está macerado en vinagre.



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