Billete de vuelta para cuatro millones de emigrantes invisibles

Una exposición recupera la memoria y las historias de los españoles que tuvieron que marchara a Estados Unidos entre 1850 y 1910

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Sefi García

Redactora de Cultura

Tiempo de lectura: 4'Actualizado 03:36

La guerra civil les quitó la idea de volver. Se fueron para trabajar calladamente. Quizá sean las razones por las que la historia les olvidó. Hoy vamos a conocer las historias de algunos de ellos a través del recuerdo de sus descendientes. Los asturianos se fueron a las minas de West Virginia, los andaluces a los campos de caña de azúcar en Hawai, los vascos a los pastos de Idaho y Nevada, los cántabros a las canteras de Wermont, los gallegos a los muelles neoyorquinos y a las fábricas de tabaco.

En el centro cultural Conde Duque de Madrid hemos encontrado a esos descendientes, en torno a una gran exposición, “Emigrantes invisibles. Españoles en estados Unidos” que recoge objetos y sobre todo fotografías de esos valientes que se echaron la manta a la cabeza y cruzaron el charco en busca de una vida mejor, y que además acabaron americanizándose. James Fernández es descendiente de asturianos. Su abuelo emigró para trabajar en una fábrica de tabaco. Es catedrático en la universidad de Nueva York. Sus recuerdos y su curiosidad académica le llevaron a hacer una llamada a través de las redes sociales a los descendientes para que buscaran los recuerdos que sus antepasados habían dejado. Consiguió 15 mil documentos ggráficos, y con Luis Argeo convirtió el material en libro y en la exposición que arranca en Madrid y que recorrerá España y distintos puntos de los Estados Unidos.

Era gente humilde, con poca formación, nadie hablaba inglés, pero con un espíritu emprendedor muy grande, y mucho respeto por la educacion. Veían en la educación pública norteamericana-nos cuenta el profesor- una oportunidad para sus hijos, y la fomentaron. Por eso entre los hijos de los emigrantes vemos perfiles profesionales interesantes, pero ya sus nietos son de todo, médicos, abogados banqueros...” Con honradez y mucho esfuerzo ayudaron a levantar un país que hoy, les rechazaría. “Todos tenemos los pies mojados de los muelles de este país- reivindica James Fernández- sin embargo hay una tendencia, quiero pensar que minoritaria pero muy fuerte, anti inmigración. Tenemos que lidiar todos los días con esa paradoja”.

La iniciativa del catedrático de la Universidad de Nueva York lanzada a través de las redes sociales ha conseguido reunir a los descendientes de los migrantes con su familias en España y nos ha permitido poner rostro e historia a estos trabajadores callados que prosperaron y no volvieron. Desde una pared, nada más entrar, nos mira un matrimonio con sus 13 hijos. Emigraron desde Asturias en 1907 hacia san Luis, en Missouri porque “en la zona de dónde procedían había fundiciones de cinc pero con una situación laboral convulsa, huelgas, desempleo...y esta familia arracón de santa María del Mar. Antes de irse hicieron este retrato ante su vivienda, una casa muy rural, vestidos cuidadosamente”.

A la espalda de esta pared, cerrando el recorrido, está fotografiada la misma familia, 25 años después, con su descendencia, hasta con el bisnieto de la patriarca absolutamente americanizados. Es el resumen perfecto de lo que ocurrió a nuestro emigrantes en Norteamérica. Igual que la historia de Bernarda Camaño, una joven de 17 años que se fue con su padre y sus hermanos a los campos de caña de Hawai desde el valle de Tiétar en Avila. Una vez allí “se enamoró del capataz, un joven corerano, a lo que sus padres se opusieron, porque tenían la intención de volver a España. Finalmente se casaron y Bernarda, que tuvo muchos hijos,se convirtió en la matriarca de una interesante familia de Avila y de Corea”.

El padre de Carol, que hoy vive en Washintong DC, partió de A costa da Morte, y su madre de Vigo. No se conocían. Pasaron por Cuba y cinco años después llegaron a Nueva York, donde se juntaron, nos cuenta Carol, “en un barrio donde había muchos españoles, se llama Pequeña España. Se casaron y mi padre participó como marino de escuela en los barcos de los aliados en la segunda guerra mundial, a la vuelta estudió para ingeniero”. El padre de carol visitó durante su vida varias veces España, pero nunca retornó, aunque jamás olvidó su tierra. “Hablaba mucho de la Calle 14, y visitaba los restaurantes de comida española y las tabernas. Los españoles siempre se juntaban, porque la cultura, el corazón la lengua... Era para ellos muy importante no olvidar eso”. Carol guarda en su casa todavía una paellera que su padre compró en la calle 14 “en la casa Moneo hace más de 70 años”.

Los bisabuelos y los abuelos de Laura Goyanes de Ohaio llegaron a los estados unidos procedentes de Galicia, León y Aragón. En 1.905 salieron hacia Cuba, a los 5 años se fueron a Tampa y un lustro después se instalaron en Ohaio. Desde una vitrina nos mira una pequeña figura que los españoles emigrados vendían para recaudar fondos durante la guerra civil y una carta escrita por su abuela a una prima fechada en 1.939 en la que le preguntaba su necesitaban dinero. A unos metros, desde una pantalla nos sonríen sus padres el día de su boda. Es una filmación de 1.950 en la que aparece toda su familia. Sus ojos se llenan de lágrimas, de ayer... “tengo la piel de gallina”.

El trabajo de James Fernandez ha devuelto su pasado a los descendientes de los españoles que emigraron hace 100 años a los Estados Unidos. Les ha reunido con su familia de aquí y aunque murieron en la emigración, asimilados por necesidad a una cultura que no era la suya, el tiempo finalmente les ha traído a casa.

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