Trump y León XIV: una agenda de guerra y un mensaje de paz
Trump pretende encarnar el Übermensch nietzscheano, queriendo ocupar el lugar de los dioses, convertido en un yo exaltado y feliz de arremeter contra el Papa León XIV

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Artículo de Roberto Esteban Duque
“¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra! La verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida. (…) ¡Es tiempo de paz! ¡Siéntense en mesas de diálogo y de mediación!, no en mesas donde se planea el rearme y se deliberan acciones de muerte”. Estas palabras del papa León en una Vigilia de Oración por la Paz en Roma el pasado sábado, suplicando para poner fin al conflicto que asola Oriente Medio, no han gustado nada a Donald Trump, excesivamente cómodo en un escenario donde aumenta su voluntad de poder.
Definitivamente, Trump pretende encarnar el Übermensch nietzscheano, queriendo ocupar el lugar de los dioses, convertido en un yo exaltado y feliz de arremeter contra el papa León, al que acusa de ser “débil con el crimen y terrible en política exterior”. En su delirante paisaje visionario, o en una supuesta memoria eidética por haber presenciado el último Cónclave, señala que eligieron a León “porque era estadounidense, y pensaron que sería la mejor forma de lidiar" con el republicano, instándole a "estar agradecido".
Para Nietzsche, la máscara que los débiles ponen sobre su voluntad de poder es la moralidad, al menos inicialmente la moralidad religiosa, reforzada por la metafísica religiosa. Aquí está la acusación del filósofo alemán: el cristianismo se origina en la debilidad, la debilidad de su Mesías. Al deificar a su Mesías deifica la debilidad, y al deificar la debilidad desata el resentimiento de la manada al enmascarar la voluntad de poder en una voluntad de debilidad. El cristianismo es como una enfermedad que ha afectado a la cultura occidental, minando su vitalidad y mutando constantemente para sobrevivir.
La agenda del presidente estadounidense es una agenda ajena a la del pontífice. Para el papa León los parámetros y criterios no son los del poder, porque la agenda de la paz no es en absoluto la misma que la agenda de la guerra ni la agenda de la política, sino que más bien se apoya en la lógica de la dignidad inviolable de la persona humana, donde no se libra el producto nacional bruto ni la mayor influencia de un país sobre el resto, sino el respeto, el valor de la vida humana y los derechos individuales de todas las personas del mundo. Preguntado durante el vuelo en su viaje a Argelia sobre las palabras de Trump, el Papa insistirá en su obligación de levantar la voz contra el sufrimiento de los inocentes (el sufrimiento inútil por el que el presidente norteamericano debería pedir perdón), y defender sin miedo el mensaje del Evangelio.
En su Summa theologiae, Santo Tomás preguntó si el acto de tener misericordia implica una debilidad (defectus) en la persona que tiene misericordia. Es casi como si anticipara la crítica de Nietzsche al amor cristiano como la venganza de los débiles contra los fuertes: elogiamos la misericordia por un defecto en nosotros mismos que deseamos transmitir a los demás. La primera objeción que considera a esta noción de que la misericordia implica debilidad es que, dado que los cristianos afirman que Dios es supremamente misericordioso, la idea de que la misericordia implica defecto sometería a uno a un Dios defectuoso. De nuevo, parece que Nietzsche estaría de acuerdo. La segunda objeción señala que, como afirmaba Aristóteles, quienes son débiles suelen ser los menos misericordiosos, lo que vuelve a reflejar el argumento de Nietzsche de que los débiles en realidad se mueven por el resentimiento, que simplemente disfrazan de misericordia.
Mientras Santo Tomás explica su propia opinión, reitera que "la misericordia es sufrir por la miseria de otra persona". Pero Santo Tomás es bastante realista respecto a los seres humanos, así que señala que nunca sufrimos la miseria de otro solo como de otros, sino solo en la medida en que su miseria se convierte en la nuestra. Y piensa que esto puede ocurrir de dos maneras. Puede ocurrir a través de nuestra unión con esa persona a través del amor, el amor de la amistad que hace del amado otro yo, "para que lloremos el dolor de nuestro amigo como si nosotros mismos estuviéramos heridos. Pero también puede ocurrir a través de lo que Tomás llama una "unión real", en la que vemos el dolor del otro como una especie de presagio de nuestro propio dolor potencial: "La gente siente lástima por otros que son como ellos porque eso les hace darse cuenta de que lo mismo podría pasarles a ellos". Y en esta segunda forma encontramos que los viejos y los sabios tienden más a la compasión que los jóvenes y los necios, porque los viejos y los sabios son conscientes de que no son inmunes a la desgracia y por eso sufren más fácilmente el dolor de los demás.
Ahora bien, esta es una distinción interesante, porque parece decir que hay dos formas diferentes en las que la misericordia puede estar arraigada en la debilidad. En el segundo sentido que describe Tomás, puede estar enraizado en una debilidad que ya poseemos, cuya conciencia nos hace sentir una especie de simpatía por quienes sufren. Tomás no dice que haya nada malo en este tipo de compasión. Incluso puede ser un signo de madurez y sabiduría en la medida en que muestra nuestra evaluación realista de nuestras propias fortalezas y debilidades. ¿Pero no podría ser también un signo del tipo de pusilanimidad que Nietzsche condena en el cristianismo: mi misericordia sobre quien sufre es en realidad una súplica de misericordia para mí mismo? La respuesta de Tomás a la segunda objeción, sobre que los débiles son los menos misericordiosos, se expresa en términos de este tipo de compasión: quienes sufren tanto que no podrían sufrir más tienden a ser despiadados porque no hay sufrimiento adicional que teman.
El Aquinate dejará claro que solo la debilidad enraizada en el vínculo de amor que es la amistad, puede decirse que caracteriza a Dios. Su debilidad es la debilidad que asume voluntariamente por amor a nosotros, porque (como dice Aristóteles) es característico de los amigos querer compartir una vida, y compartir la propia vida es aceptar cierto tipo de debilidad, cierto tipo de riesgo. Esta es la misericordia mostrada en la cruz. Por supuesto, no existe ninguna "debilidad divina" ni "riesgo divino". Dios no tolera debilidad salvo nuestra debilidad. Nuestra debilidad se convierte en la suya. Incluso podríamos decir que la cruz no revela una voluntad encubierta de poder, sino una voluntad misericordiosa de debilidad, una debilidad destinada para que podamos convertirnos en amigos de Dios.
Esto sugiere además que nosotros también estamos llamados a una especie de misericordia que no está arraigada en nuestra debilidad preexistente, sino que quiere la debilidad como un correlato del amor, y así comparte la misión redentora de Cristo. Como dice san Pablo, “Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos”. La salvación implica de alguna manera nuestra amistad con Cristo y entre nosotros en Cristo, nada de lo cual es posible sin debilidad. Aquí vemos que una misericordia que nos debilita es el precio de la amistad, pero es un precio que pagamos con alegría por amor.





