Prohibir a menores el acceso a las redes

Una reflexión sobre el anuncio realizado por Pedro Sánchez sobre prohibir el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años

Redes sociales

Redacción Religión

Publicado el - Actualizado

4 min lectura

Artículo escrito por Roberto Esteban Duque  

El sonambulismo tecnológico nos ha instalado en la creencia de que la tecnología solucionará todos nuestros problemas en el futuro, al igual que nos está facilitando muchas actividades en el presente, por lo que, cuanto más se desarrolle la tecnología, mayor beneficio tendrá la humanidad. 

  

Pero esta visión enteramente optimista, este utopismo tecnológico, con claros tintes quiméricos en la tecnociencia promovida por un gran número de científicos, ingenieros, inventores, choca frontalmente con la realidad, porque defiende la ausencia de cualquier implicación moral en las creaciones científicas y tecnológicas.

El anuncio realizado por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, sobre prohibir el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años, de exigir la implantación de medidas de control de edad efectivas por parte de las plataformas, debería acogerse como algo bueno frente a cualquier imparcialidad axiológica que nos lleve a un cierto nihilismo, a un inmovilismo incapaz de cuestionarse nada que tuviera que ver con el progreso tecnológico.

El objetivo principal de 'El principio de responsabilidad' de Hans Jonas, consiste precisamente en despertar la conciencia para asegurar la esencia de la humanidad en el futuro y la supervivencia de la naturaleza, mediante un cambio ético radical con la aplicación del principio de responsabilidad para despertar el deber ser. La producción de conocimiento en el terreno de la tecnociencia tiene un claro compromiso económico con la intención de beneficiar el lucro de ciertos sectores, y no precisamente de garantizar el bien común de la humanidad.

Para Jonas, se trata de partir desde cierto velo de ignorancia para llegar a un saber propio de la ética de una dimensión nueva, una ética vinculada con el saber predictivo para poder acompañar y guiar la vigilancia a que debe ser sometido el poder de la tecnociencia. Esto es sumamente importante, porque el progreso tecnocientífico, que ha tenido importantes beneficios para nuestras vidas, también ha ido acompañado de forma paralela de graves efectos. La tecnología se ha convertido en un elemento de arrastre que configura el mundo, en una lógica autónoma que deriva en una tendencia amenazadora. Se trata, en fin, de no abusar de la capacidad que podemos llegar a tener, de no perjudicarnos bajo el precepto de mejorarnos.

El filósofo alemán se refiere a aquella responsabilidad que va más allá de los actos y sus consecuencias directas, es decir, ex post facto, necesariamente orientada hacia la ampliación de su horizonte hacia el futuro. Una responsabilidad que tenga que ver con una potestad justificada que encuentra su justificación en el compromiso, en algo que se le confía la garantía de protección. Es un concepto moral de responsabilidad que tienen en cuenta los fines. De esta manera, el deber para con la existencia y la esencia del hombre es un deber que exige un compromiso real con el futuro de la humanidad. El deber se convierte en el primer comportamiento humano colectivo no solo encaminado a resguardar al hombre, sino también al conjunto de la naturaleza.

Sin entrar en consideraciones políticas, en una visión siempre mediocre de partidos que solo buscan réditos electorales y cargos bien remunerados, sin conocer apenas los detalles, la propuesta de Pedro Sánchez nos hace recordar la necesidad de unos principios éticos capaces de regular el uso de las redes sociales y la inteligencia artificial.

Uno de esos principios es el respecto de la dignidad humana, que evite que su uso conlleve un sometimiento capaz de conculcar la autonomía psicológica desde la manipulación o el engaño. Tiene que ver con saber en todo momento cuándo se interactúa con una máquina y cuándo con un ser humano para evitar suicidios de los que casi nunca se habla.

Unido a él se encuentra el principio de prevención de daños y de responsabilidad, que obliga a impulsar y desarrollar procesos de verificación, validación y control de los sistemas que atribuyan certificados o etiquetados de buenas prácticas. Igualmente, la elaboración de códigos deontológicos o de buena conducta a los que se deban o puedan adherir las partes implicadas y que pongan en valor la protección de los principios de dignidad humana, integridad, libertad, privacidad, no discriminación y, en general, los derechos humanos fundamentales.

El principio de intervención humana, del control democrático y de la recuperación del control humano ante los riesgos de las redes sociales o de la inteligencia artificial, precisa salvaguardar los pilares de nuestra sociedad democrática basada en el Estado de Derecho, la independencia de los medios de comunicación y la garantía de acceso libre a una información objetiva y que preserve una mayor cohesión social. Supondrá la eliminación de los sesgos que, utilizados de forma automatizada o no, creen formas de discriminación que dañen los datos acumulados y con unos algoritmos limpios, sin estrategias ocultas.

Dicho esto, habrá que respetar el principio de la privacidad y protección de datos, de integridad y confidencialidad. Estamos hartos de ver cómo se recopilan, compran y venden, nuestros datos personales sin ningún consentimiento, de que se limiten nuestros derechos, hartos de ver cómo de modo injustificado, sin beneficio alguno del bien común, se vulnere el derecho a la intimidad o la vigilancia masiva e injustificada de cuanto vemos, leemos, pensamos o decimos, sin ningún respeto al principio de proporcionalidad y justificación de limitar los derechos cuando el poder así lo dictamine.

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