Una corona para un rey

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He tenido la oportunidad de venerar en la catedral de Notre Dame de París la corona de espinas de Jesús inserta desde finales de 2004 en el espectacular relicario de Sylvain Dabuisson de 3,60 m de alto por 2,60 m de ancho, que podríamos calificar de una sinfonía de luz que invita al recogimiento. En su centro hay una semiesfera azulada con una aureola de doce círculos dorados que simbolizan a los apóstoles. Dentro de ese espacio central puede verse la corona que es mostrada todos los viernes a partir de las tres de la tarde. Además, en este año las conferencias cuaresmales, que tienen lugar los domingos en la catedral parisina desde 1835 han abordado partiendo de la veneración de la corona de espinas el tema de la realeza de Jesús.
No es un secreto que la corona de espinas, adquirida por san Luis rey de Francia a Balduino II del efímero Imperio latino de Constantinopla en el siglo XIII, estaba asociada al poder de uno de los monarcas más poderosos de la Europa occidental, un heredero de Carlomagno, que a su vez se presentaba como un continuador del Imperio romano. Una importante reliquia de la pasión de Cristo brindaba prestigio y poder al rey de Francia, que por entonces exhibía orgulloso el título de rey cristianísimo. El paso de los siglos, y en particular la Revolución francesa, dio al traste con ese poder terrenal, pero, pese a la iconoclastia revolucionaria, la corona de espinas se salvó, y también fue preservada en el incendio de la catedral en 2019.
La veneración de las reliquias no ha gozado de muchas simpatías en los últimos siglos al cuestionarse su autenticidad o ser percibidas como un entramado de intereses económicos. Sin embargo, ese humilde junco trenzado, que ya no tiene las espinas pues fueron dispersadas como reliquias independientes a lo largo de la Edad Media, nos sigue interpelando. Los soldados que la colocaron en la cabeza de Jesús pretendían burlarse de aquel judío que admitía ser un rey pese a su maltrecho aspecto y la muerte en la cruz que le aguardaba. Ignoraban que muchos años antes una grandiosa comitiva encabezada por unos Magos de Oriente se había presentado en Jerusalén preguntando por el rey de los judíos que había nacido (Mt 2, 2). Esa realeza llevó a Herodes a decretar su muerte, y nuevamente el procurador romano, que no conocía otro rey sino al César, tenía que condenar a muerte, pese a estar convencido de que no era un rey político, a aquel rabí judío que le habían entregado las autoridades religiosas de su propio pueblo.
¿Nos podemos imaginar a un Cristo crucificado sin la corona de espinas? No, porque es un claro distintivo de su realeza. No deja de ser curioso que Dios no negara al pueblo de Israel la designación de un rey, al igual que los pueblos vecinos (1 Sam 8, 11). Dios aseguró al profeta Samuel que esa petición significaba rechazarle a Él, pero al final accedió y uno de los designados sería el joven pastor David de Belén, del que descendería Cristo, el Mesías, Rey de reyes y Señor de señores. Un Rey pacífico que entraría en Jerusalén sobre un pollino. Pero mucho antes, al comienzo de su vida pública había proclamado que el reino de Dios está cerca (Mc 1, 15).
Cristo Rey del Universo es mucho más que una festividad litúrgica relativamente reciente y menos todavía es el proyecto de construcción de un reino cristiano en este mundo. El evangelio nos habla continuamente del Rey y de su reino, y Él mismo lo proclama ante Pilato (Jn 18,37). Además, Jesús tiene todavía tiempo de acoger la petición del buen ladrón de acordarse de él cuando esté en su reino (Lc 23, 42). Tal es el rey que aparece coronado de espinas y colgado de una cruz. Uno de los ponentes de las conferencias cuaresmales de Notre Dame hacía esta interesante reflexión: “En una sociedad que exalta las performances a riesgo de caer en la idolatría, el Cristo rey con espinas invita a la búsqueda de un justo ejercicio del poder y a tomar una distancia prudente de las capacidades humanas”.
Contemplemos en la cruz a Cristo el rey pacífico, el rey que no es de este mundo, pero ama a los hombres del mundo, el rey que lleva una corona de espinas y cuyo poder pacífico y amoroso nada tiene que ver con los reyes y reinos tiránicos de este mundo.





