"Un pequeño milagro cotidiano": Eso es "lo que está pasando" en los seminarios españoles

"Candidatos y formadores ponen su vida en juego en este proyecto de servicio a la Iglesia" y la realidad concreta de las casas formativas "es muchas veces desconocida"

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Redacción digital

Madrid - Publicado el - Actualizado

3 min lectura

"¿Qué está pasando con los seminarios?" Esta pregunta podía ser el titular de muy dispares columnas de opinión. El cuerpo del texto podría disertar sobre la deriva tradicional de los seminaristas, sobre el abandono de posturas teológicas clásicas, sobre la escasez de vocaciones, sobre el origen de éstas, sobre la relación entre estilo formativo y clericalismo o abusos. Múltiples cuestiones, acusaciones o preocupaciones sobre la realidad abstracta de los seminarios, pero ¿se acuerdan verdaderamente de los seminarios? Es decir, de los candidatos y formadores que ponen su vida en juego en este proyecto de servicio a la Iglesia.

La realidad concreta de los seminarios es muchas veces desconocida. El seminario es en muchas ocasiones una idea: el recuerdo del seminario que los sacerdotes vivieron, la utopía del seminario que algunos imaginan o el cliché de una realidad que suena lejana y distante. Sin embargo, los seminarios no son ideas abstractas sino comunidades concretas, rostros particulares que intentan responder a una singular llamada de Dios.

Rostros concretos

Rostros concretos, historias personales de jóvenes, y no tan jóvenes, que optan por una opción contracultural. Contracultural no tanto por las renuncias, ni mucho menos por la supuesta altura moral de la opción, sino porque exige acciones y actitudes que no suelen vivir nuestros coetáneos. Frente a una vida marcada por la inmediatez, por los proyectos a corto plazo y la inestabilidad, el seminarista debe afianzar una opción de vida ya no a largo plazo, sino eterna. Frente a la lentitud de los procesos personales y al retraso de la etapa de madurez, el seminarista debe recorrer, en apenas cinco o siete años, un profundo camino de conocimiento y maduración personal que le aseguren la solidez de su humanidad en un mundo cada vez más líquido.

La apertura a la acción transformadora de Dios

Por eso, los seminarios son ante todo una realidad humana concreta, tangible, viviente, con todo lo que de hermoso, difícil, alegre y sufriente tiene la vida. Hombres con nombres y apellido que han decidido poner su vida en manos de la Iglesia para discernir, profundizar y asentar su vocación al ministerio presbiteral. Hombres con la esperanza puesta en la acción de Dios en sus vidas para llegar a ser un día ministros “de Cristo Jesús (…), ejerciendo el oficio sagrado del Evangelio de Dios” (Rom 15,16). Hombres en los que la Iglesia debe tener puesta su esperanza, como confianza en la obra buena que Dios puede ir realizando en ellos.

Si ahora nos volvemos a preguntar ¿qué está pasando en los seminarios? bien podríamos responder con mucho realismo: un milagro. El milagro concreto y cotidiano de la apertura a la acción transformadora de Dios. Si tomamos conciencia de ello, de la delicadeza y fragilidad de esta realidad, la respuesta natural será el cuidado, la atención, la cercanía, la preocupación. Quizás sea esta cercanía, de las demás vocaciones, de las comunidades, de los presbiterios y de las estructuras diocesanas, la mejor garantía para que los futuros presbíteros sean los ministros de Dios que nuestras Iglesias concretas necesitan. Seminaristas cuidados serán curas que cuiden.

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