Un niño se encuentra a un perrito en una parroquia y la particular reacción del canino dejó a todos perplejos

El niño tenía miedo a los perros hasta que aquel día conoció a un perrito en la parroquia ubicada junto a un parque

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Juan y Pinky son inseparables desde hace nueve años. Sus caminos se cruzaron una tarde a las afueras de la iglesia de un popular barrio de Sevilla. Juan por aquel entonces tenía ocho ocho años, mientras Pinky apenas había cumplido dos. Juan solía acudir en compañía de su madre al parque ubicado debajo de su casa, junto a la plaza donde se encuentra la parroquia.

Una buena tarde, apareció el perrito en la plaza. A Juan nunca le habían apasionado los perros. Les había cogido miedo sin razón aparente. La sola idea de que un can corriera tras él le aterrorizaba. Sin embargo, aquella tarde su percepción cambió. Pinky clavó su mirada en Juan. Aquel 'flechazo' fue mutuo. La complicidad entre ambos era patente, y estuvieron jugando durante todo el tiempo. Su madre no se creía lo que estaba viendo.

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La relación entre Juan y Pinky se consolida

Juan y su madre se marcharon para casa. Al día siguiente, volvieron a encontrarse con el canino en el mismo lugar y a la misma hora. Fueron consolidando su amistad. Unos días más tarde, Pinky no fue capaz de contenerse. Cuando llegó la hora de recogerse y Juan se dirigía a su hogar, Pinky le perseguió hasta su portal. Fue su madre quien tuvo que separarles. Si por Juan hubiera sido, se lo hubiera quedado, según relata su madre.

Marisa era la dueña de Pinky

Aunque pudiera parecer lo contrario, Pinky no era en ese momento un perro abandonado. Su dueña, Marisa, se encontraba en el interior de la parroquia impartiendo clases de catequesis y ayudando en la organización de las actividades. Una mujer muy querida en el barrio, que siempre que tenía ocasión acogía a las mascotas que eran abandonadas, además de colaborar activamente con Cáritas.

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Uno de los perros a los que acogió fue a Pinky, que durante sus primeras semanas de vida fue incluso maltratado. De hecho, le costó mucho esfuerzo educarle, ya que la conducta de la mascota era bastante violenta al principio. Luego, se fue tranquilizando al comprobar el cariño con el que le trataba Marisa. Pero como hemos comentado, Marisa era una mujer muy activa, lo que le impedía mantener a Pinky.

De hecho, llevaba semanas buscando un nuevo hogar para el perrito. La respuesta a su problema acabó por encontrarlo en aquel parque del barrio sevillano, donde pudo comprobar la buena relación que Pinky mantenía con Juan. Por ello, ofreció al pequeño quedarse con él si así lo autorizaba su madre.

Juan logró lo que quería

La madre de Juan mantenía serias dudas, ya que el piso no era muy amplio. Sin embargo, ella y su marido acabaron por acceder, en parte porque Juan era hijo único, y comprendió que podía ser bueno para él una mascota a la que cuidar, además de sentirse más acompañado. Aquel lazo sirvió además para que Marisa se hiciera muy amiga de la familia. Tanto es así que logró que los padres de Juan se animaran a contribuir en la noble y necesaria tarea de ayudar a los más necesitados a través de Cáritas, además de participar en las iniciativas que llevaba a cabo la parroquia del barrio.

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Casi una década después de aquello, la vida llevó a Marisa por otros derroteros lejos de Sevilla, pero proporcionó a Juan lo que más quiere: a Pinky.

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