En el umbral de las fiestas de Nuestra Señora, la Virgen del Pilar
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Mons. Manuel Ureña El próximo viernes, 12 de octubre, Zaragoza celebra, un año más, su Fiesta Mayor en honor de la Santísima Virgen del Pilar, Madre de España, Patrona de Zaragoza y de Aragón, y Patrona de la Hispanidad.
En estos días previos nos venimos preparando, con la celebración de la novena, para el gran acontecimiento. El día 12, núcleo de la fiesta, tendremos la misa solemne y la ofrenda de flores, ubérrima y grandiosa como todos los años. Y el día 13, sábado, coronaremos la fiesta con la ofrenda de frutos por la mañana y con el rezo del Rosario de Cristal por las calles, caído ya el crepúsculo vespertino.
Esta vez, las fiestas de la Virgen del Pilar vienen acompañadas de la celebración de un centenario singular y se inscriben en el contexto de dos eventos importantísimos de la Iglesia universal.
Respecto del centenario aludido, constituye para todos un gozo especial vivir el tiempo en que están a punto de cumplirse cien años desde aquella memorable fecha del 8 de febrero de 1913 en que la Virgen del Pilar fue declarada, por orden real, Patrona del Cuerpo de la Guardia Civil.
¡Cuántas proezas ha hecho y continua haciendo la Guardia Civil en favor de España y de sus habitantes! A la protección del Estado y de sus instituciones necesariamente hay que añadir la ingente labor que este esforzado cuerpo de nuestro ejército lleva a cabo en favor de los ciudadanos. No hay misión delicada de defensa, protección y rescate de personas y de grupos en la que no se involucre la Guardia Civil.
Hoy, domingo 7 de octubre, a cinco días de la gran fiesta anual de María del Pilar y en plena celebración del Año jubilar declarado al efecto y enriquecido por la Santa Sede con el valioso don de la indulgencia plenaria, el Benemérito Instituto ha querido se signifiquen especialmente en Zaragoza los honores a María del Pilar, Su Patrona, mediante una ofrenda en la Santa Capilla de la Catedral-Basílica y una parada militar en la Plaza del Pilar.
Damos gracias a Su Santidad el Papa Benedicto XVI por el don de la indulgencia plenaria otorgado a este Año jubilar; a Su Eminencia Reverendísima, el Cardenal Manuel Monteiro de Castro, Penitenciario Mayor de la Sede Apostólica, por cuya mediación se ha hecho realidad la intención del Santo Padre; y al Excmo. y Rvdmo. Mons. Juan del Río Martín, Arzobispo Castrense de España, quien, tras haber escuchado las preces del Excmo. Sr. Ministro del Interior, D. Jorge Fernández Díaz, y de los jefes del Cuerpo de la Guardia Civil, elevó a la Penitenciaría Apostólica la petición del Año jubilar y del don de la indulgencia.
Y, respecto de los ya mentados grandes eventos de la Iglesia Universal en los que se inscribe la fiesta mariana de este año, son éstos, sin duda, la apertura solemne de la XIIIª Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización, que se celebra precisamente hoy en Roma y en la que tendrá lugar la elevación por el Papa de Santa Hildegarda de Bingen y de San Juan de Ávila al rango de doctores de la Iglesia Universal; y la proclamación por el Papa, el día 11 de este mes, víspera de nuestra fiesta mayor, del Año de la fe.
El contenido de ambos eventos se sintetiza en la urgencia de emprender una nueva evangelización para la transmisión de la fe.
Toda la Iglesia es invitada por el Papa a acometer esta empresa, la cual exige el arrojo del encuentro con Cristo, la fe en su Palabra, que es portadora de la verdad plena, y la valentía de transmitir esta palabra a los hombres de nuestro tiempo con nuevo y redoblado ardor, con nuevos métodos y con nuevas expresiones.
De este arrojo y de esta valentía en practicar el acto de fe (fides qua) en la fe revelada (fides quae) y custodiada por la Iglesia nos ofrece la Virgen María un ejemplo sorprendente.
En efecto, ella, miembro privilegiado del Resto de Israel, sabía que la humanidad, contingente y a cuestas con su pecado, camina hacia Dios. Pero también sabía que por sí misma la humanidad no podría alcanzar nunca la visión del rostro del Padre. Y sabía, finalmente, que, sólo si Dios salía de su inmanencia, rasgaba los cielos y se acercaba a los hombres por medio del lenguaje del gesto comprometido y de la palabra humana, positiva e histórica, podría la humanidad, ayudada por la gracia, conocerle por la fe, puerta del camino que conduce a Él.
Por eso, María, al reconocer en la palabra del Ángel la palabra misma de Dios, creyó, con la ayuda interior del Espíritu, en esta palabra y se adhirió a ella con el obsequio de la mente y del corazón. Y su fe sudada se tornó para ella y para el mundo fuente de salvación.
Convirtámonos a la fe de María, creamos como ella creyó y transmitamos al mundo la fe creída y profesada. No olvidemos que la fe de María es anticipación, imagen y consumación de la fe de la Iglesia.
Os deseo a todos viváis con santidad y justicia las grandes fiestas de Santa María del Pilar ya cercanas.
? Manuel Ureña
Arzobispo de Zaragoza





