Solemnidad de la Santísima Trinidad y Jornada de Oración por la Vida Consagrada de los Religiosos Contemplativos

Agencia SIC

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Mons. Manuel Ureña Terminado el ciclo pascual con la solemnidad de Pentecostés, la celebración litúrgica del Misterio cristiano vuelve al cauce del Tiempo Ordinario y hace emerger hoy ante nosotros la solemnidad de la Santísima Trinidad, que lleva aneja la Jornada "pro orantibus", el día de oración por los religiosos contemplativos.

Como tan bien nos dice el elogio correspondiente del Martirologio Romano, en esta solemnidad "confesamos y veneramos al único Dios en la Trinidad de personas, y la Trinidad de personas en la unidad de Dios".

Todo hombre aspira desde lo más hondo de su persona a conocer, amar y alcanzar a Dios, respecto del cual el ser humano se encuentra entitativamente religado y, por ende, intrínsecamente finalizado. El deseo de Dios está, así, inscrito en el corazón humano. Con razón exclama san Agustín en las Confesiones: "nos hiciste, Señor, para ti; y nuestro corazón anda inquieto hasta descansar en ti".

Pero esta aspiración natural a entrar en unión vital e íntima con Dios, puede ser olvidada, desconocida e incluso rechazada explícitamente por el hombre. Tales actitudes pueden tener causas diversas, como son la rebelión contra la existencia del mal en el mundo; la ignorancia o la indiferencia religiosa; los afanes del mundo y de las riquezas; el mal ejemplo de los creyentes; las corrientes de pensamiento hostiles a la religión, como es el caso del ateísmo antropológico (Nietzsche), del laicismo y del ateísmo así llamado científico; y, finalmente, esa actitud del hombre pecador que, por miedo, intenta ocultarse a la mirada de Dios (cf Gn 3, 8-10) y escapar a su llamada (cf Jn 1, 3).

Ahora bien, supuesta la religación constitutiva del hombre a Dios, el segundo movimiento del alma humana es intentar conocer la existencia de Aquél como "ens-a-se", es decir, llegar a poder demostrar que la búsqueda natural de Dios por el hombre no es sólo un carácter trascendental de la persona humana, sino que ese carácter, que llamamos con X. Zubiri "religación", apunta también a la existencia de un ser absoluto en-sí, a partir de-sí y para-sí. Tal es el paso de la filosofía de la religión a la teodicea o teología natural.

Pero ¿cómo satisface el hombre el imperativo de probar la existencia de Dios como "ens-a-se"? Por supuesto, a través de la razón, esa facultad maravillosa del alma humana, a través de la cual el hombre puede descubrir el ser de Dios a partir de lo que Él mismo nos ha manifestado de sí en las obras de la creación, a saber, en el mundo material y en la persona humana (cf Rom 1, 19-20; Hch 14, 15.17). De ahí que las así llamadas cinco vías para el conocimiento natural de Dios tengan como punto de partida el examen del ser del mundo, unas, y el examen del ser de la persona humana, otras.

Sin embargo, el conocimiento de Dios que los hombres podemos obtener por medio de la razón es en sí muy pobre, y es más pobre todavía después del pecado original, que no destruyó, ciertamente, la naturaleza humana, pero sí la alteró e introdujo el desorden en ella. Por eso, el hombre alcanzado por el pecado, que es el hombre realmente existente, se ofrece intrínsecamente abierto a una revelación positiva de Dios siempre que ésta se produzca. Pues sólo merced a una revelación de esta índole puede el hombre, como de hecho así ha ocurrido por pura gracia divina, conocer adecuadamente a Dios, experimentar su mediación salvífica en Cristo su Hijo y entrar por el verdadero camino que conduce al encuentro con Él mediante la acción del Espíritu Santo. Este camino es la Iglesia.

¿Cómo avanzamos los hombres hacia Dios por el camino de la Iglesia? Lo hacemos a través de la fe recibida y del anuncio constante del Evangelio, un anuncio que sólo es posible llevar a cabo si nos hemos enamorado previamente de su contenido, que es la persona del propio Cristo. Por eso, el acto de fe y el testimonio de la fe, que es la evangelización, han de ir siempre necesariamente acompañados de la experiencia vital de Cristo, lo que no es en modo alguno posible sin la ayuda de la oración. Como afirma sin descanso el papa Francisco, necesitamos evangelizadores que oran y trabajan. "Desde el punto de vista de la evangelización, no sirven ni las propuestas místicas sin un compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforme el corazón" (EG 262). La Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración.

Pues bien, aunque la acción y la oración están intrínsecamente presentes en todos y en cada uno de los tres estados posibles de los cristianos en la Iglesia, la oración descuella como muy propia y genuina en los consagrados religiosos contemplativos, que son los "orantes" por antonomasia. Ellos y ellas, en la paz de los monasterios, sin traspasar los portales de sus casas en dirección al bullicio de la ciudad, viven inmersos en el encuentro orante con la Palabra de Dios y en el diálogo sincero con el Señor, y así evangelizan. Ellos y ellas, los monjes contemplativos y las monjas contemplativas, exclaman con el papa Francisco: "¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos! ¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva! Entonces, lo que ocurre es que, en definitiva, lo que hemos visto y oído es lo que anunciamos" (1 Jn 1, 3) (EG 264).

Oremos, pues, hoy por los que oran, por los consagrados contemplativos. Y pidamos a Dios que, por intercesión de los religiosos orantes, redescubramos todos en la Iglesia que la oración es un elemento constitutivo de la evangelización, de toda evangelización.

? Manuel Ureña Pastor,

Arzobispo de Zaragoza

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