Santísima Trinidad

Santísima Trinidad

Agencia SIC

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Celebramos este domin­go la solemnidad de la Santísima Trinidad: "El misterio de los mis­terios". Misterio que, por mucho que nos esforzáramos en comprender, no lo lograríamos, ya que sobrepasa nuestra capacidad hu­mana.

Pero no todo nos sobrepasa. Hay al­gunos aspectos que podemos entender cuando nos referimos a Dios como Tri­nidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Podemos entender que estamos hablando de alguien que es persona, la del Padre; la del Hijo y la del Espíri­tu Santo, que las tres divinas personas forman una comunidad de amor.

Igualmente no llegaríamos a en­tender, por mucho que reflexionáse­mos, la esencia e identidad de Dios, que son tres personas y un solo Dios, pero sí que llegamos a entender de Dios la significación y la misión que cada una de las tres personas tiene, y que cada una de ellas explica y revela la significación y misión de las otras, y que es Dios uno y trino en comuni­dad de amor y de vida el que actúa en cada acción de Dios.

Un padre lleno de amor y de mi­sericordia, capaz de compadecerse de los hombres y de sus miserias y de amarlos a pesar de todos nuestros pecados.

Su amor está presente en la crea­ción y por amor crea todo y, en espe­cial, al hombre.

Por puro amor, cuando el hom­bre se marcha por otros derroteros distintos y contrarios a los que Dios le había señalado, Él no le deja con­denado para siempre sino que le en­vía a su Hijo para que, entregando su vida, rescate al ser humano del pecado y le ofrezca de nuevo la sal­vación.

Por amor, Dios nunca abandona al pecador, y siempre le ofrece de nuevo su perdón y su amistad.

Por amor sigue a nuestro lado en todo momento, a pesar de nuestros pecados.

Ante tanto amor misericordioso de quien es puro amor y pura mi­sericordia, nuestra actitud no puede ser otra que la de la gratitud; de es­tar en continua acción de gracias por todo lo que recibimos de Él, por tanto amor de su parte

El hijo ha sido enviado por el Padre para rescatar al ser humano del peca­do y, por amor al ser humano, entre­ga hasta la última gota de su sangre. Como dice san Pablo: "Fuisteis libe­rados de vuestra conducta inútil, he­redada de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo (1Pe 1, 18-19).

Es el Espíritu de la verdad, que nos hará a entender todo lo que el Hijo nos ha revelado del Padre.

Él es el que suscita en el corazón del hombre todas las buenas accio­nes y los buenos sentimientos.

A través de Él, el Señor, después de subir al cielo, no nos dejará huér­fanos, sino que seguirá y estará siem­pre con nosotros.

El misterio de la Santísima Trini­dad es, ante todo y sobre todo, un misterio de amor: amor del Padre al Hijo y del Hijo al Padre en el Es­píritu; amor de Dios a los hombres; amor misericordioso de Dios al peca­dor; amor de entrega total y a fondo perdido del Hijo en el Espíritu, por nosotros y por nuestra salvación.

Amemos a Dios y dejemos que Él ocupe un lugar importante en nues­tra vida, porque ante tanto amor por su parte solo podemos responder con nuestro amor pobre y limitado, como pobres y limitados somos no­sotros, como personas.

+ Gerardo Melgar

Obispo de Ciudad Real

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