"LA PAZ OS DEJO, MI PAZ OS DOY"

"LA PAZ OS DEJO, MI PAZ OS DOY"

Agencia SIC

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Mons. Juan José Omella Así dice el Señor: "La paz os dejo, mi paz os doy" y añade: "No os la doy como la da el mundo" . ¿Qué paz da el mundo? ¿Ha dado paz alguna vez? ¿Cuántas guerras habría que contabilizar desde el comienzo de los tiempos? ¿Sabían ustedes que la segunda guerra mundial dejó la aterradora cifra de 60 millones de muertos, entre combatientes y personal civil? ¿Qué paz se puede esperar del mundo cuando en los últimos años no hemos conocido otra realidad que la llamada "guerra fría"?

Sin embargo, el gran don, el mejor legado que nos dejó el Señor fue precisamente el de la paz. Paz en el mundo, por la que rezamos todos los días en las peticiones de la Eucaristía y en la oración, diríamos "oficial", de la Iglesia en la Liturgia de las Horas. Hoy por hoy, esa es una paz precaria, pobremente hilvanada, pendiente de la voluntad de los poderosos. Pensando en ella, hago mías las palabras del Papa Francisco en su mensaje de comienzo del año para la celebración de la Jornada por la paz 2015: "Seguiremos orando por el fin de todas las guerras, de los múltiples conflictos, así como por los muchos sufrimientos causados por el hombre mismo. Rezo de modo especial para que, respondiendo a nuestra común vocación de colaborar con Dios y con todos los hombres de buena voluntad en la promoción de la concordia y la paz en el mundo, resistamos a la tentación de comportarnos de un modo indigno de nuestra humanidad".

Pero Jesucristo, nuestro Señor, se refiere también a la paz la paz de cada uno consigo mismo, a la paz en la familia, en el barrio, en la escuela, en nuestro pueblo y en nuestro entorno laboral.

Para tener paz con uno mismo, habrá que tener presente esa lucha interior de la que nos habla san Pablo "en contra del hombre viejo". El hombre viejo, en contraposición al hombre nuevo regenerado por la gracia santificante, es aquel que se mueve por lo más elemental y primario que hay en nosotros, fruto del pecado original: la soberbia, en las múltiples manifestaciones del orgullo, la envidia, la ira. Dejándonos llevar de estos pecados, calificados como capitales, vitales, especialmente decisivos, no habrá manera humana de que en nuestro interior haya paz, serenidad, equilibrio interior. El pecado es el mayor enemigo del sosiego interior o, para ser más precisos, es el único enemigo. Lo que nuestros mayores calificaban de una manera muy gráfica "vivir en paz con uno mismo", "o dormir con la conciencia tranquila", tenía mucho que ver con vivir en gracia de Dios. Cuando hablamos de conversión, nos estamos refiriendo a ese esfuerzo, positivo y continuado, que hemos de hacer siguiendo la pauta que nos marcó el Señor cuando afirmó aquello tan conocido, y tan poco comprendido, de "fuego he venido a traer a la tierra, y qué quiero sino que arda" . Sin ese fuego – deseo serio y operativo de conversión – no habrá afán de mejorar y, en consecuencia, no podremos hacer nuestra la bienaventuranza de los pacíficos, que serán llamados hijos de Dios. Si nuestro corazón está caldeado e iluminado por ese fuego que es el amor de Dios, tendremos como meta clara y contundente la paz en la propia alma, la paz en la familia, en la sociedad, y en la Iglesia, una paz ? que Dios nos da ? que llegará a su culminación cuando venga a nosotros su reino.

El pacífico, muy distinto del pacifista, ama la paz que brota a borbotones de su corazón y no duda en comprometer su egoísmo, su comodidad, para ayudar a los demás "a estar en paz con Dios y con su prójimo". Pacifista, por el contrario, sería aquel que se declara contra la guerra, pero no hace nada para crear espacios de paz en su ámbito personal, familiar, laboral y social.

Pidamos a María, Reina de la paz, que nos "muestre a Jesús, fruto bendito de su vientre", para que haga de nosotros verdaderos sembradores de una paz ? la suya – que desborda nuestros corazones.

Con mi afecto y bendición,

+ Juan José Omella Omella

Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

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