Mensaje del Obispo con motivo del inicio de la Cuaresma

Mensaje del Obispo con motivo del inicio de la Cuaresma
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Mons. José María Yanguas Recordábamos la semana pasada que con el Miércoles de ceniza da inicio al tiempo santo de la Cuaresma, los cuarenta días que preceden a la fiesta de las fiestas cristianas: la Pascua de Resurrección.
a Cuaresma es un largo camino que nos lleva hasta el monte santo de la Nueva Alianza en la sangre del Señor. Este tiempo tiene un marcado carácter bautismal, pues la Iglesia acompaña para la Pascua a los catecúmenos, es decir, los hombres y mujeres que se preparan para recibir el Bautismo en la Vigilia Pascual. En este tiempo suelen celebrarse los ritos de la "elección o inscripción del nombre" y los "escrutinios". Pero la nota bautismal de este tiempo está también presente en la pastoral general de la Iglesia, ya que todos los fieles se disponen para la renovación de las promesas bautismales que tendrá lugar en la misma Vigilia Pascual. Además, en este tiempo somos invitados vivamente a acercarnos al sacramento de la Penitencia para que, debidamente purificados, podamos participar en la alegría de la Resurrección del Señor. La Iglesia nos anima a vivir estos días como un tiempo de verdadera penitencia, de purificación y de conversión. No puede ser sólo el momento a lo largo del año en el que se intensifican las prácticas de piedad y las mortificaciones exteriores. Éstas deben servir para lo que es verdaderamente principal en este tiempo: la conversión del corazón, es decir la conversión interior, profunda, que llega hasta el centro del alma; una conversión gracias a la cual se reorienta toda nuestra vida a Dios: pensamientos, palabras, actitudes, sentimientos y comportamientos. Se trata pues de hacer eco a las palabras de la Escritura (Prov 23, 26) con las que se nos requiere la entrega del corazón; no simplemente la entrega de nuestras cosas o de algunos aspectos de nuestra vida, sino la entrega total de nuestras personas a Dios y a los demás. La participación más frecuente, fecunda y provechosa en la liturgia cuaresmal y en las celebraciones penitenciales está orientada a esta necesaria conversión del corazón. Se trata, en definitiva, de reajustar nuestra vida al modelo que es Jesucristo; de restaurar su rostro en nosotros, para que "viendo nuestras buenas obras glorifiquen al Padre celestial que está en los cielos". El empeño en nuestra santidad personal no acaba nunca en nosotros mismos; no debe ser nunca un trabajo para la propia exaltación y vanagloria, sino búsqueda humilde y sincera del querer de Dios, con la explícita intención de que sirva también para la redención del mundo. Decíamos al inicio que la Cuaresma es un camino, un recorrido, una senda abierta en el tiempo. Comienza en el punto concreto en que nos encontramos y tiene como final la Pascua del Señor, el hombre renovado en Cristo. Ese camino inicia con el deseo de conversión que toma forma o cuerpo en el rito de la Ceniza: nos reconocemos humildes, nada, ceniza, pecadores ante Dios. A la vez, pedimos mayor fe en el Evangelio. De ahí que la escucha de la Palabra de Dios sea esencial en este tiempo. Es preciso que encontremos momentos adecuados para una lectura más abundante de la Palabra de Dios, para su meditación pausada, para escuchar con más frecuencia la predicación que se nos brinda con mayor abundancia, para confrontar con ella nuestras vidas. La Palabra de Dios "es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu" (Hb 4, 2), y nos zarandea e increpa, nos alienta e impulsa y no permite que nos conformemos con una vida cristiana mediocre que, al final, se nos hace insoportable. La Iglesia nos ofrece también otros medios para intensificar la vida del espíritu y darle mayor fortaleza: el ayuno la oración y la limosna que hemos de entender en su verdadero significado, pues no se trata sólo de incrementar nuestras prácticas piadosas; de privarnos de algo en el comer y beber; de decir algunas oraciones más o de hacer más obras de caridad de las habituales. Bien está todo ello. Pero atención, porque pudiera ocurrir que nos quedáramos tranquilos y nos olvidáramos de la "verdadera conversión" que nos pide el Señor y del espíritu que la anima. Se trata de examinar si nuestras miras son de corto alcance y no van más allá del propio yo, o si por el contrario somos gentes de miras largas, que viven con grandeza de ánimo, interesadas en hacer el bien a todos. Es un examen necesario. Y es el momento propicio para hacerlo con sinceridad y hondura.
+ José María Yanguas Obispo de Cuenca





