Las tentaciones en el desierto

Las tentaciones en el desierto

Agencia SIC

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Mons. Gerardo Melgar Queridos diocesanos:

El Evangelio de este primer Domingo de Cuaresma nos habla de las tentaciones a las que fue sometido el Señor en el desierto: la tentación del materialismo ("Haz que estas piedras se conviertan en pan"), la tentación de la ostentación y la apariencia ("Tírate de aquí abajo") y la tentación de la idolatría ("Todo esto te daré si postrándote me adoras"). Tres tentaciones en las que el hombre actual, en vez luchar por vencerlas como hizo Jesús, ha caído y se está dejando llevar por ellas.

El materialismo hace valorar sólo lo material como único y más importante valor. Hoy nos encontramos con muchas personas que se mueven por lo material, por lo que les va a rentar hacer o no hacer. Caen, así, en un materialismo que olvida y destruye todos los demás valores morales y espirituales pues, si para lograr los bienes de este mundo tienen que pasar por comportamientos que se dan de tortas con sus convicciones más profundas, no les importa. Hacen vida el "tanto tienes, tanto vales".

La ostentación y la apariencia: vivimos en una sociedad que vive de la filosofía de la fachada, de la buena imagen, de parecer lo que no se es. No importa tanto lo que soy cuanto lo que los demás piensan que soy; por eso, se cuida tanto la imagen para que los demás piensen que somos lo que queremos que piensen.

La idolatría: muchísimas veces, el hombre actual es indiferente a Dios y lo que Dios debería significar en su vida; se ha constituido a sí mismo en el único dios que dicta las normas para favorecer el poder hacer lo que quiere; se ha dejado esclavizar por el poder, el tener y el gozar constituyéndolos en falsos dioses de su vida a los que sirve y rinde su culto más sincero.

La Cuaresma, queridos diocesanos, es tiempo propicio para poner cada cosa en su sitio dejando que Dios sea Dios y que las cosas estén sólo al servicio del hombre y de su armonía personal sin esclavizarnos. La Cuaresma es tiempo para ser conscientes y responsables ante las miserias humanas que se dan en nuestro entorno y que padecen tantos de los que conviven con nosotros (tal vez, las sufrimos también nosotros). Es tiempo propicio para comprometernos en la lucha contra las miserias propias o ajenas de tal manera que entre todos hagamos un mundo mucho más ajustado a los planes de Dios.

Por eso, la Cuaresma nos hace una llamada a la autenticidad de nuestro ser personal y creyente, a abandonar cuantas actitudes farisaicas se den en nuestra vida para vivir desde la coherencia y la autenticidad; sólo así nuestra vida podrá convencer verdadera y realmente a todos cuantos nos ven vivir y actuar.

Sí, la Cuaresma es tiempo de abrir nuestro corazón y nuestra vida para que Dios entre en nosotros, para acoger el mensaje misericordioso de Dios que nos llama a la conversión y a la vivencia mucho más auténtica de nuestra vida desde la fe; una vida en la que Dios ocupe el puesto que le corresponde quitando de nosotros los ídolos a los que muchas veces rendimos culto obediente.

No dejemos pasar la Cuaresma sin pena ni gloria. Parémonos y seamos conscientes de la tentaciones a las que estamos sometidos y pongámonos en camino de conversión para lograr hacer un uso recto de los medios materiales e intentar vivir desde la autenticidad y la coherencia de vida; pongamos todos los medios a nuestro alcance para que Dios sea realmente nuestro Dios, el único que nos tiende su mano misericordiosa y nos ofrece su perdón. Dejemos que Dios sea el centro de nuestra vida.

¡Feliz Domingo para todos!

Vuestro Obispo,

+ Gerardo Melgar

Obispo de Osma-Soria

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