Carta del arzobispo de Tarragona: «La Iglesia y la realeza»

Ante la solemnidad de Cristo Rey, que celebramos este domingo, Joan Planellas nos recuerda que Jesucristo es el rey y todos nosotros somos los servidores que él ha destinado

Joan Planellas i Barnosell

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Estimadas y estimados, en pleno Concilio Vaticano II, san Pablo VI renunció a la tiara pontificia. El 13 de noviembre de 1964, después de una concelebración en rito bizantino que había tenido lugar en la basílica de San Pedro, Pablo VI bajó de su sitial y, llevando en sus manos la tiara regalada por los feligreses de Milán con motivo de la su coronación como Sumo Pontífice, la colocó sobre el altar conciliar y, sin decir palabra, se dirigió a continuación a la capilla de San Wenceslao para bendecir unas imágenes de San Cirilo y San Metodio. Previamente, el Secretario General del Concilio, el Cardenal Felici, había anunciado que el papa regalaba su tiara a los pobres.

Hay que decir que la tiara era símbolo del poder temporal del papa y que al papa le sienta mucho mejor la mitra y el báculo de obispo. Con gestos así, resulta más difícil confundir la cruz con la espada o el báculo de pastor con el cetro real. Es mejor que el sucesor de Pedro no lleve corona.

¿Quién es rey dentro de la Iglesia? Indudablemente, es Jesucristo, como hoy lo celebramos. Así lo dice a Poncio Pilato: «Tú lo dices: yo soy rey» (Jn 18,37). Él, pues, tenía que llevar corona. Pero no quiso ponérsela cuando, después de la multiplicación de los panes, se la ofrecieron. Así lo dice el evangelista: «Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña» (Jn 6,15). Tampoco parece que traspasara a Pedro y a sus sucesores el derecho a ponerse corona.

En cuanto a Pedro, Jesús le da varios nombres. Pero sobre todo lo designa con el nombre de Piedra, roca (Mt 16,18), para que se convierta en el fundamento de la Iglesia. Le da «las llaves» (Mt 16,19), pero no la corona. Lo hace portero, pero no lo hace rey. También le nombra pastor universal, encomendándole que «pastoree a sus ovejas» (Jn 21,15-17). Le encomienda la misión de «atar y desatar» (Mt 16,19), «fortaleciendo en la fe a sus hermanos» (Lc 22,32). Son varias las imágenes con las que Jesús designa las funciones de Pedro, pero no utiliza ninguna que nos recuerde las prerrogativas de la realeza.

Acordamos pues, que ni Pedro ni sus sucesores son reyes y que el poder del papa no es propiamente monárquico. Sospecho que san Ignacio de Antioquía lo entendía perfectamente cuando, a principios del siglo II, saludaba así a la Iglesia de Roma: «Ignacio […] a la Iglesia que ha logrado la misericordia del Padre […], la que tiene la presidencia en el lugar del país de los romanos […], la que es dignamente casta y la que preside toda la asamblea de la caridad» (Ad Rom., Inscr.: R 52). No le llamaba reina ni emperatriz de las demás Iglesias, sino tan sólo presidenta. No es que san Ignacio fuera republicano o demócrata, pero conocía bien a la Iglesia y sabía que es la institución destinada al fomento de la caridad. Ni el despotismo, ni la esclavitud, el absolutismo o el centralismo tienen derecho a entronizarse en la Iglesia.

El rey, ya lo decíamos al principio, es Jesucristo y todos nosotros somos los servidores que él ha destinado, con responsabilidades jerarquizadas y en el marco de una pluralidad de ministerios y servicios, a esparcir la fe y la caridad por el mundo.


+ Joan Planellas i Barnosell

Arzobispo de Tarragona


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