Ante la superficialidad volver al interior

Ante la superficialidad volver al interior

Agencia SIC

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Mons. Francisco Cerro Siempre recuerdo aquel mayo caluroso en Cuatro Vientos, Madrid, en un encuentro con los jóvenes de España por última vez donde San Juan Pablo II, en su visita a España, nos recordaba que el mal de nuestro mundo y de nuestra sociedad es la superficialidad.

o hace falta más que asomarse a los medios de comunicación, a las conversaciones, a lo que la gente transmite que es muchas veces una superficialidad. Da la sensación de que la gente no tiene alma ni vida. Parece que lo único que les preocupa es la vida de los demás, el cotilleo, el quedarse en lo más anecdótico de las relaciones humanas donde se llega a un trato de cosas sagradas con una superficialidad cruel, donde se habla de los demás sin tener en cuenta que son temas delicados y profundos que merecen por lo tanto más respeto al tratarlos. También nuestro XIV Sínodo Diocesano habla una y otra vez de que nos hemos dado cuenta de la falta de formación. Sin formación es muy fácil caer en una superficialidad que nos abruma. Solo una formación sólida, una espiritualidad coherente y una vuelta a la interioridad sin intimismos nos llevará a ser verdaderamente personas profundas que se abren a todo lo humano, pero desde una profunda fe que nos hace tomarnos la vida de la gente más en serio. Estoy convencido de que tres miradas nos harán salir de la superficialidad que ahogan las relaciones humanas: 1. VOLVER A LO ESENCIAL, a la interioridad. Cuando se vive solo a flor de piel y no se profundiza en nada, la superficialidad es patente. Tenemos que volver a la interioridad, al corazón, a saborear y gustar los grandes interrogantes de la vida. La oración diaria es un antídoto precioso que nos hace salir de todas las superficialidades. Vivir los grandes temas, y de la gente, para acercarnos con humildad a la vida de la gente. 2. FORMARSE DE VERAS. Sin formación somos papagayos que estamos repitiendo lo mismo de siempre, pero sin ton ni son. Siempre recuerdo a una alumna en mis clases de Teología en los Agustinos de Valladolid, me recordaba que el formarse, el estudiar Teología, le había evitado el pensar y decir muchas estupideces. Formarse es salir de la superficialidad. 3. SER SENCILLO Y HUMILDE. La superficialidad casi siempre la tienen los soberbios, que creen que lo saben todo y que no tienen que contar con nadie: ¡Si lo sabré yo! Ser sencillo es abrirse a todo el conocimiento profundo de las cosas, a saber sin juzgar por apariencias y, sobre todo, a tirarse de cabeza a la formación que nos hace lúcidos, humildes y profundos.

Ser sencillos y humildes es abrirse a la profundidad del corazón que nos hace el formarnos para ser verdaderamente en nuestra sociedad fermento de unas relaciones profundas y no superficiales. ? Francisco Cerro Chaves, Obispo de Coria-Cáceres

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