

"Nuestra red ferroviaria, y en especial la alta velocidad, que se vendió como un emblema de eficiencia y modernidad, está hoy cuestionada"
Pilar García Muñiz analiza las claves que marcan la actualidad de este miércoles, 21 de enero
- 3 min lectura | 2:52 min escucha
Nos pasó a la vuelta de la Dana y nos ha pasado hoy también a la vuelta de la tragedia de Adamuz. Vuelves a casa sintiéndote mucho más vulnerable, mucho más frágil, siendo consciente de los de lo frágiles que somos, de que la vida te puede cambiar de un momento para otro.
Les ha cambiado los que viajaban en los trenes que chocaron el domingo en Córdoba y lograron sobrevivir. Les ha cambiado a los heridos, y no te cuento lo que les ha cambiado a los familiares de las 43 víctimas mortales que llevamos ya.
Para 25 de esas familias ha terminado ya esa dolorosa espera. Para ellas, que ya tienen la confirmación de que su hermano, su hijo, hija, su padre, su madre, ha perdido la vida, empieza ya el camino del duelo. Hay, sin embargo, otras familias que siguen esperando rotas por la incertidumbre conocer qué ha pasado con los suyos.
Podríamos llamarlo un accidente, podríamos hablar de azar, de una coincidencia extraña, como lo calificó el ministro Óscar Puente, pero no podemos quedarnos ahí, porque anoche mismo se produjeron dos descarrilamientos más, en este caso en los trenes de cercanías de Cataluña.
El más grave en Gelida, cuando un muro de contención cayó sobre las vías y el tren chocó contra él. Este accidente ha dejado un fallecido, un maquinista en prácticas de 27 años, y ha dejado también 37 heridos.
El segundo descarrilamiento tuvo lugar en Girona, cerca de la estación de Tordera, por presencia de piedras en las vías, afortunadamente sin heridos. Es verdad que en estos accidentes han tenido que ver las lluvias intensas, pero se producen en un contexto significativo, cuando maquinistas y trabajadores del sector llevan meses advirtiendo de problemas de mantenimiento, de vibraciones, de desgaste en las vías, y se producen a 48 horas de la tragedia de Adamuz.
La liberalización del ferrocarril se vendió como una mejora del servicio, más operadores, más competencia, más eficiencia, pero cuando el sistema se estira sin reforzar la infraestructura, lo que aparece no es eficiencia, es fragilidad.
Y en medio de todo esto, el pasajero, el que usa el tren para trabajar, el que lo usa para estudiar o volver a casa, el que se queda tirado sin información, el que asume el retraso como algo normal, el que ya no se sorprende, y el que sufre ahora las consecuencias del accidente de Adamuz.
Nuestra red ferroviaria, y en especial la alta velocidad, que se vendió como un emblema de eficiencia y modernidad, hoy está cuestionada.
No podemos olvidar que el tren es mucho más que un medio de transporte. Es la forma en la que miles de personas confían cada día subida a un sistema, un sistema que debería cuidarlas, porque nadie sube a un tren pensando que puede no volver.
Y cuando esa certeza se rompe, no estamos hablando de retrasos ni de incidencias técnicas, estamos hablando de seguridad y de una pregunta que hoy, después de Adamuz, ya no se puede esquivar. ¿Estamos haciendo todo lo necesario para que el viaje más cotidiano siga siendo también el viaje más seguro?



