
Madrid - Publicado el - Actualizado
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La foto que me ha llamado hoy la atención podrían haberla tomado en varios rincones del mundo rico. El jardín de un pequeño chalet, separado por una valla de madera gris del siguiente chalé. Césped con mucho brío que crece hasta donde comienza la grava. En la grava tiestos vacíos y un tendedero plegable de varios pisos. No necesita cuerdas.
El artilugio que parece hecho a base de soldar sillas de playa se alza como una torre doméstica. Un diligente hombre maduro, con el pelo de ceniza, un chaleco sin mangas y unos zuecos de piel se agacha para terminar de poner a secar la colada. Varios paños de cocina, dos piezas de ropa interior y varias camisetas de un rosa cansado han quedado extendidas esperando el calor de un sol sin fuerza; de una luz de invierno, brillante como la sonrisa de un viejo en paz. Tender es una tarea que exige precisión, las pinzas no se pueden poner en los hombros porque quedarán marcados, las distancias entre prenda y prensa se han de calcular bien para no desperdiciar espacio.
El hombre maduro de la foto, con un pelo que parece el de un zorro plateado, se ha levantado de la siesta pensando que tenía que aplicarse con el tendedero, que después debía llamar a su sobrina -no se lo merece porque es una descastada, pero soy el único que le queda-, que después tenía que ir al supermercado porque las sopas de lata que le gustan a su mujer -ya tiene pocos placeres- se han acabado, piensa también que el vecino le ha saludado de forma poca efusiva – pero claro, recojo lo que siembro, porque tampoco he sido nunca cariñoso, piensa luego -no sabe por qué- que debía haber estudiado unas oposiciones como le dijo su padre. Mientras se pierde en la selva de sus pensamientos, la luz de invierno, brillante como la sonrisa de un viejo en paz, quiere acariciarle con ternura, pero no se da cuenta.



