La Foto: "En ese brazada de ternura hay algo más bonito que la cara de la Piedad de Miguel Ángel"

Madrid - Publicado el - Actualizado
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La foto que me ha llamado la atención hoy está tomada en Navalcarnero, un pueblo de la provincia de Madrid. Está tomada en una casa modesta que quizás huele a torrezno frito y al repollo del cocido. La luz entra desde la derecha por una ventana que no se ve. Y esa luz se va apagando en un claroscuro que acaba en un negro rotundo, como en la vocación de San Mateo. En la foto no hay ni recaudador de impuestos ni amigotes que lo rodeen. Hay una señora arrimada al cristal que da a la calle, sentada en una silla negra, una señora en vaqueros, con una sudadera rosa y con la mirada baja, una señora con el alma trotando por los recuerdos de la niñez, de cuando era mozuela y le pretendían varios mozos del pueblo, una señora que a veces repite frases y preguntas porque no quiere que se le escapen las respuestas. En la frontera entre la claridad y la sombra su hija sujeta una manta a cuadros, cuadros rojos y azules, para arropar a la señora, para que no pase frío porque apenas se mueve. El gesto de la hija es preciso, sereno. Parece poca cosa, algo normal, que una hija abrigue a su madre. Pero en esa mano que extiende el cobertor, en ese brazada de ternura hay algo inesperado, algo imprevisto, algo más bonito que la cara de la Piedad de Miguel Ángel, más bonito que un petirrojo incendiando el monte, más sorprendente que una catarata de agradecimiento, más fiel que la risa de las olas, más verdadero que la promesa de un enamorado. En esa brazada de ternura hay más misterio que en los 13.770 millones de años que es el tiempo que el Universo lleva creciendo como un globo inflado. En esa brazada de compasión y cariño hay más emoción que en los reencuentros de sala de llegadas de un aeropuerto.



