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Foto del día: "Es el susto, el miedo, el que te hunde"

Salió el pescador, como todos los días a su faena, andaba el cielo extraño, pero no podía uno esperar que cambiaran tanto las cosas en tan poco tiempo

Tiempo de lectura: 2Actualizado19:10

La foto que me ha llamado la atención hoy la publica La Vanguardia en sus páginas de internacional. Es una instantánea dramática. Un hombre completamente vestido, con barba, con la piel oscura sin llegar a negra y la frente muy despejada, está metido en un agua que le llega hasta las clavículas. El agua es de plomo, muy gris. Está revuelta, sin formar grandes olas, se agita en varias direcciones, su aspecto es inquietante. Y este agua de ceniza está sucia. Arrastra trozos de madera, plásticos, trozos de un mundo y una vida que ha quedado hecha pedazos y escombros. . A un par de metros del pescador, porque el hombre que está en el agua es un pescador, hay una barquita estrecha, pintada de un azul muy bonito y muy juvenil. El agua de plomo se está tragando el botecito, que ya solo queda a flote la proa, y el asiento en el que pacientemente pasaba sus horas el pescador. La verdad es que la la chica era poca cosa, un suspiro de tablas sobre una corriente que en minutos cambia de cara y se vuelca osca y cruel. Salió el pescador, como todos los días a su faena, andaba el cielo extraño, pero no podía uno esperar que cambiaran tanto las cosas en tan poco tiempo. El pescador no es nuevo, tiene años de oficio. Pero la crecida le pilló por sorpresa. Bajan las aguas enfadadas, caracolean: las orillas ya no están donde estaban, los lechos o secos o desbordados, que en realidad no hay cauce alguno. Que antes subían las aguas pero luego volvían a bajar. Y no acierta uno a saber que ha cambiado, que no es solo que haya cambiado esto y aquello, es que ha cambiado todo. Y el pescador, que nunca tuvo miedo, ahora tuerce la cabeza, con el cuerpo sumergido, buscando, pidiendo, suplicando, algo o alguien que le saque del remolino. Aprendió el pescador a nadar de chiquito, que se empeñó su padre, pero no acierta el hombre a dar una brazada. Necesita que alguien le quite ese cuerpo de miedo que se le ha quedado con la crecida. Si hubiera una mano, un cabo, una soga que llegase de la orilla, si hubiera al menos una voz clara, podría sacudirse el susto que lleva encima. Es el susto, el miedo, el que te hunde.