
Madrid - Publicado el - Actualizado
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La foto que me ha llamado la atención está publicada en el diario El País. Es la imagen de un castañar ya desnudo. Castañar de invierno, ya cayeron las castañas, tesoro generoso. Ya están desvestidos los árboles de los oros, de los ocres, de los vinos. Ya se acabó la fiesta, la explosión del otoño, ya la alfombra de colores ha dejado de ser vistosa y noble y ahora ya se funde en la tierra esperando una resurrección. Desnudos están los castaños jóvenes que rectos buscan el cielo. Rodean esos castaños jóvenes a un castaño antiguo. Su gran tronco abierto es ya, en buena parte, aire, aire de castaño anciano. Solo un rizo de corteza, retorcido y arrugado consigue elevarse. Pero de la vieja base, a la derecha, arranca un hijo fuerte, ya maduro, torcido pero firme. De la izquierda tres retoños más juguetones se entrelazan. Mientras el anciano castaño se va pareciendo cada vez más al suelo sobre el que se levanta no para de multiplicarse, de engredar, de dar nueva vida. El castaño padre, abuelo, quizás bisabuelo, fatigado, se prodiga, es más fecundo que nunca. Y con sus años, con su sabiduría, espera con más profundidad, con más inteligencia, con más pasión que sus compañeros en el castañar la vuelta de la primavera, la victoria de la vida.



