
Madrid - Publicado el - Actualizado
1 min lectura
La foto que me ha llamado la atención hoy más que llamarme la atención me ha golpeado desde la portada del País. Un cielo cubierto por una niebla roja, un río tintado de colorado, como si las aguas trajeran sangre. Y un puente, un largo puente, con sus pilares en el cauce, con sus cadenas de fuerza perdiéndose entre vapores escarlata, un puente incierto: no se ve el final. Un puente con sus faroles encendidos, incapaces de iluminar un tiempo que no es la noche ni el día, sino una bruma encarnada. Es la Bahía de San Francisco, hablan las crónicas de un paisaje apocalíptico provocado por los incendios. Apocalipsis es sin duda que no se vea la otra orilla por los resplandores de las heridas del mundo, apocalipsis es no saber si llegaremos al otro lado, no tener seguridad de poder cruzar, estar condenados a quedarnos en la ribera conocida. Apocalipsis, por las mañanas es encontrar los calcetines desparejados, apocalipsis es amanecer sin que se hayan disipado los fantasmas que trajo el insomnio, apocalipsis es saber que uno se ha vuelto a equivocar con quien quería bien y no encontrar el modo, no encontrar las palabras, para pedir perdón, apocalipsis es volver a caer en la lista de propósitos que sabes que nunca cumplirás, apocalipsis es estar delante de tus ojos y no recordar como ve temblaba el cuerpo la primera vez que los ví, apocalipsis es esta rutina que todo lo carcome, pero apocalipsis es, sobre todo, un puente que no lleva a ninguna parte, un puente que no te puede traer a mi orilla.



