"Adamuz no fue solo el escenario de una tragedia, sino también el reflejo de una forma de vivir la generosidad"

Escucha el monólogo de Irene Pozo en 'La Linterna de la Iglesia'

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Qué tal, muy buenas noches. Seguimos caminando en una triste semana que nos ha dejado muchos interrogantes con motivo del accidente ferroviario de Adamuz. No solo por sus causas, también porque la fragilidad de la vida se hace especialmente visible cuando nos enfrentamos a realidades como esta. 

Estos días hemos escuchado muchos testimonios de quienes han sobrevivido, de quienes tienen algún familiar hospitalizado o de quienes han perdido algún ser querido. Una tragedia con muchos rostros. Entre ellos el de un pueblo, Adamuz, que ante lo ocurrido no dudó en salir al encuentro y darnos -no es la primera vez – toda una lección de solidaridad.

Vecinos ayudando a rescatar heridos, que abrieron sus casas, que ofrecieron lo que tenían: mantas, agua, tiempo, consuelo… y la Iglesia, presente también desde el primer momento como una más. Mientras voluntarios y vecinos atendían a los viajeros en el centro municipal, la parroquia de San Andrés mantuvo abiertas sus puertas durante toda la noche ofreciendo comida, bebida y acogida a quienes lo necesitaban.

Un pueblo entero convertido en refugio, recordándonos que cuando todo se rompe, lo que sostiene son los vínculos. Es en estos momentos más duros cuando mejor se entiende lo que significa ser comunidad.

Porque Adamuz no fue solo el escenario de una tragedia, sino también el reflejo de una forma de vivir donde la cercanía, la generosidad y el cuidado mutuo siguen siendo el lenguaje cotidiano. Un pueblo que respondió como saben hacerlo los pueblos. Cuántas veces hemos hablado de la necesidad que tenemos como sociedad de ser más pueblo. Y no lo decimos desde la nostalgia, sino desde los valores que se cultivan en el día a día.

Ser pueblo es cercanía en un tiempo de distancias. Es saber el nombre del otro, mirar a los ojos, darse cuenta cuando alguien falta. El cuidado como una forma de vida. Un auténtico tejido de cuidados donde nadie es del todo invisible y donde la vida del otro importa.

Y es que lo que hemos visto en Adamuz, y en tantos otros pueblos en momentos de dificultad, no es solo solidaridad humana: es también Evangelio vivido. La cercanía, el cuidado y la generosidad son la mejor manera de amar al prójimo, de poner en práctica lo que Jesús nos enseñó.

El Evangelio nos habla de hacerse cercano al que sufre, de no pasar de largo ante la necesidad, de ofrecer consuelo y compañía. Y en los pueblos, estas enseñanzas se convierten en gestos que salen solos. Es la fe hecha vida. Ser pueblo en el sentido más cristiano de la palabra.

Aprender a ser pueblo: en el pueblo, en la ciudad o en los barrios es cultivar la esperanza. Es vivir el Evangelio en lo cotidiano, recordando que cada gesto de cuidado, de cercanía, de generosidad, hace de nuestro mundo un lugar más humano y cercano al corazón de Dios.

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