Luis del Val: “Sánchez cada día lee mejor el teleprónter, pero ni él es Castro, ni nosotros somos castristas”

Y que se cuide, porque como tome el relevo el vicepresidente bolivariano, entenderemos algo sobre el concepto de la eternidad

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Luis del Val

Colaborador

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 09:59

La duración de los discursos depende de las circunstancias en las que se producen. Por ejemplo, una arenga al batallón, antes de entrar en combate, debe durar entre cinco y nueve minutos. Todo el tiempo en que el coronel se alargue disminuye, proporcionalmente, la eficacia de la arenga. Una conferencia generalista, no debería sobrepasar los 40 minutos, basados en la campana de Gauss, donde se supone que, a los veinte minutos, la atención ha alcanzado su punto máximo, y a partir de los veinte minutos, si el que está hablando no es Demóstenes, el público siente la tentación de echarle una ojeada al reloj.

El discurso del sábado de nuestro presidente duró setenta minutos y es un exceso en las televisiones occidentales. Fidel Castro impartía discursos de dos y tres horas, y los cubanos aguantaban, pero hay que tener en cuenta que el vecino, si veía que te levantabas y dejabas de escuchar, podía delatarte.

En las más famosas series de televisión, la duración de los capítulos suele ser de 46 minutos, cincuenta como máximo. Están diseñados para que, con un breve informativo y la inclusión de la publicidad, cubran una hora de programación. Y no se olvide que en esos 46-50 minutos, la protagonista ha podido quedarse embarazada, o sufrir un aborto, o el protagonista está a punto de ser condenado a prisión, por culpa de los malos. Quiero decir que el telespectador mantiene la atención porque los guionistas van presentando novedades y nudos, que se irán deshaciendo en los próximos capítulos.

Un monólogo de setenta minutos, en los que se detallan obviedades tales como que el consumo de gasolina ha disminuido, debido a que los automóviles quedan aparcados, salvo necesidad urgente, y que han aumentado las horas de permanencia ante el televisor, a causa de que los ocupantes de los hogares, ni salen a trabajar, ni salen a pasear, son obviedades que no suelen concitar subidas de atención, entre gente que sabe leer y escribir.

Los monólogos de humor, en los teatros alternativos, no suelen llegar a una hora, y son interpretados por actores.

Además de acortar la duración, nuestro presidente, para animarnos, debe abandonar la reiteración del anuncio de que el material sanitario se ha encargado, se ha comprado, y está a punto de llegar, porque parece que se los hemos encargado a los Reyes Magos, y los Reyes Magos viajan en camellos. Quiero decir, que lo que se agradece no es la duración castrista, sino la novedad.

Federico Muelas, el gran orador de la posguerra, pronunciaba siempre la misma conferencia, y recorría toda España. Un día, en el Ateneo de Santander, al concluir, se acercó uno de los oyentes y le dijo: “Enhorabuena, don Federico, ha leído usted la conferencia, mucho mejor que hace dos años”.

Hay que reconocer que el presidente cada día lee mejor en el teleprónter, pero se agradecería, más contenido y más brevedad. Ni él es Castro, ni nosotros somos castristas. Y que se cuide, porque como tome el relevo el vicepresidente bolivariano, entenderemos algo sobre el concepto de la eternidad.

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