“La decoración navideña de Melania en la Casa Blanca es la madre de todas las concentraciones de adornos"

La imagen del día de Luis del Val en 'Herrera en COPE' 

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Luis del Val

Colaborador

Tiempo de lectura: 3'Actualizado 12:48

Anoche me senté ante el televisor, sin estar en antecedentes de lo que estaba viendo, y enseguida comencé a preocuparme, porque pensaba que era un reportaje sobre los adornos navideños de alguna tienda de El Corte Inglés, y no acababa de creérmelo, porque El Corte Inglés se caracteriza por tener buen gusto, y aquello era tan apabullante que no me concordaba. Pero, enseguida, apareció la señora de Trump echando nievecita sobre las ramas de un árbol, como quién espolvorea azúcar sobre una tarta, y me informaron de que se trataba de los adornos que la señora de Trump, Melania para los amigos, había dispuesto en el ala este u oeste de La Casa Blanca. 

 

Fueron apenas unos segundos, pero tardé en dormirme, pensando en todas esas pobres personas que trabajan en La Casa Blanca, y que tendrán que cruzar todos los días esos macizos de rosas, ese bosque de abetos emperejilados, esa verbena de cristal, esa orgía de lucecitas, esa concentración de adornos, que quizás sea la madre de todas las concentraciones de adornos. 

 

Porque una cosa es ir de visita y, otra, trabajar ahí. Vas de visita, estás un rato, te pones las gafas de sol, aduciendo que tienes fotofobia, y, mira, cuando salgas tienes unas horas por delante para volver al mundo real. Pero es que, si trabajas en La Casa Blanca, no solamente debes entrar y salir por en medio de la verbena, sino que, en algún momento deberás acudir al cuarto de baño, digamos a lavarte las manos para ponernos finos estilo Melania. ¿Cómo puedes reanudar el trabajo, si al regreso has vuelto a pasar envuelto en la pesadilla decorativa? ¿Y el Presidente? ¿Resistirá? Resiste a su mujer, pero eso es más sencillo, porque cuando se va al despacho oval a trabajar su mujer no está con él, pero el aluvión de adornos, la invasión de macizos floridos permanece, y no va a estar todo el tiempo con los ojos cerrados, y, si los abre, el dinosaurio, como diría Monterroso, sigue allí. 

Y puede que a este hombre no le tengamos simpatía, no nos resulte admirable, peor aún: nos caiga antipática su fanfarronería de hijo de rico maleducado, pero no podemos impedir, en esta ocasión, que aflore nuestra compasión, incluso nuestro miedo, porque este adalid tiene a su disposición nada menos que el botón nuclear. 

Sí, ya sé que esta abrumadora y opresiva decoración navideña no durará siempre. Pero estamos a tres de diciembre, ¡a tres! Falta más de tres semanas, como mínimo, y es difícil imaginarse si la fortaleza de este hombre podrá resistir a la poderosa consistencia decorativa de su mujer. 

Ya sé que mi buen amigo Angel Expósito es más de solidarizarse con el sufrimiento en el Sahel, Biafra, etcétera, y le admiro, pero esos pobres trabajadores del primer mundo, esos empleados de la Casa Blanca, sabían que su trabajo era difícil, pero creo que nunca pudieron imaginar que tuvieran que pasar unas navidades por tan dura prueba. Siempre compadecí a esa sufridora dependienta española de unos grandes almacenes, que tiene que escuchar "pero mira como beben los peces en el río", seis veces en cada turno, 180 veces al mes, pero nada comparable a esta prueba de soportar la invasiva decoración de Melanie, nada menos que hasta el año que viene.

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