

"Uno no se gana reputación de ministro fiable riéndose de la mitad de los españoles mañana, tarde y noche; ahora las gracietas vuelven como un boomerang"
Jorge Bustos, desde Adamuz, analiza las horas posteriores a la tragedia y la reacción de las instituciones
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Caminando por Adamuz, que es un bonito pueblo andaluz, el típico pueblo cordobés que uno se imagina de la serranía con una fuerte impronta árabe, ya desde su mismo nombre, Adamuz, con ese callejero laberíntico característico de estos pueblos, con sus casas encaladas, con sus naranjos puestos en fila sobre las aceras, siempre fue un pueblo de paso, acostumbrado a ser apeadero de los viajeros que iban de Córdoba a Toledo por el camino real de la plata, desde tiempos medievales. El pueblo tiene algo más de 4000 habitantes y como buenos cordobeses, andaluces de interior, tienen una cierta introversión.
Son gente que habla con sus obras y lo demostraron al domingo por la tarde y luego ya durante toda la noche saliendo de sus casas para llevar alimentos, para llevar agua o medicinas o mantas a los afectados por el accidente del que acababan de enterarse. No se lo pensaron. No esperaron a que nadie les pidiera formalmente ayuda, ni les arredró la oscuridad o el frío, porque sabían que otros tenían mucho más frío y que estaban envueltos en una oscuridad mucho mayor.
Siempre lo decimos y lo vamos a seguir diciendo mientras sea verdad. La España de a pie da su mejor versión en las tragedias con sus gestos espontáneos de solidaridad, generosidad personal. Y la España oficial a menudo da la peor con sus cruces de acusaciones y con con esa búsqueda descarnada del provecho político, pero de momento no hemos llegado a eso, por fortuna, al menos en el plano institucional, las redes sociales son otra cosa. Pero hoy Córdoba, Huelva, Andalucía, España entera siguen acompañando en su dolor a 40 familias destrozadas de momento y el golpe ha sido tan duro que la convalecencia de este trauma colectivo va a ser muy larga.
Y, a medida que pasan las horas, los medios reconstruyen con mayor detalle lo sucedido. Hoy sabemos que a la 7:39 de la tarde del domingo, los dos últimos vagones del treno que iba de Málaga a Madrid descarrilaron por una rotura en la soldadura de la vía. Esta es la hipótesis más que probable, en concreto a la altura del kilómetro 318. Es una vía, y esto es lo más extraño, que había sido reparada en el mes de mayo. Quizá habría que auditar cómo se hizo exactamente esa reparación, como nos decía ayer el portavoz del sindicato ferroviario.
Efectivamente, el descarrilamiento probablemente lo provocó el estado de la vía, esa brecha de 30 cm en el en el raíl, pero quiso la fatalidad que un Alvia viniera en sentido contrario, camino de Huelva, procedente de Madrid, que solo tuvo 20 segundos para reaccionar y eso es un margen demasiado estrecho para que se activen los sistemas de de frenado, a pesar de que ninguno de los dos trenes circulaba al máximo de su velocidad. Iban a más de 200 km por hora, pero es que podrían haber ido a más de 300. Aún así, el impacto fue tan salvaje que arrancó 400 metros de catenaria. Los dos primeros vagones del Alvia que embistieron al Iryo, salieron despedidos, cayeron por un talud de 4 m y se transformaron en una cárcel de hierros retorcidos donde quedaron y quedan todavía atrapados los cuerpos de quienes viajaban en esa cabecera, empezando por el maquinista. La violencia del choque fue tal que para identificar algunos cuerpos fue preciso practicarles a sus posibles familiares pruebas de ADN.
Durante todo el día y toda la noche del lunes al martes, los operarios han estado trabajando para rescatar los cadáveres. Llegó por fin la grúa. Se logró instalar en un terreno que es muy difícil de manejar con maquinaria pesada y todavía no se ha podido proceder al levantamiento de los vagones o de lo que queda de ellos. A ver qué sucede cuando finalmente se pueda ejecutar la maniobra y seguramente quede a la vista la verdadera magnitud de la tragedia. El balance fúnebre a esta hora asciende a 40 víctimas mortales. Número provisional, lo sabemos. Y el número de hospitalizados baja a 39, aunque 13 de ellos siguen en la UCI. Hay 40 desaparecidos. Puede tratarse de personas que están heridas o también puede haber denuncias que se hayan presentado por partida doble. Ojalá sea así.
Momento de concordia
Hay que decir que las autoridades hasta el momento han reaccionado con responsabilidad, todas o casi todas, porque es verdad que el tercer partido de España, Vox no ha querido guardar ni un día de luto ni aparcar su agenda de campaña como han hecho los demás. Ha culpado al gobierno desde el minuto uno y y es verdad al parecer que en Vox Andalucía no ha sentado bien la decisión de sus jefes de Vox Madrid, pero tendrán que ser los votantes los que decidan si premian o castigan esa estrategia antisistema de de los de Abascal.
Por su parte, los representantes de los dos partidos de gobierno han estado en su sitio. Insisto, de momento, el presidente de la Junta de Andalucía, Juan Moreno, fue de los primeros en llegar al lugar del accidente. Pasó la noche en vela acompañando a las víctimas. Elogió la solidaridad del pueblo andaluz en la rueda de prensa que concedió ayer junto al presidente del gobierno y agradeció la coordinación entre administraciones y así debe ser. Y Pedro Sánchez siguió esa senda abierta por el presidente de la Junta, adoptó su tono y se esforzó por mostrar empatía y, al margen de sus antecedentes, agradece al menos el esfuerzo. Hoy, además, está prevista la llegada de los reyes aquí a Córdoba, en la que será una imagen redonda de unidad institucional, el Estado con las víctimas. Ese es el mensaje.
El único problema es que esa foto de la unidad o una muy parecida, la vimos en las primeras horas de la Dana también en Valencia. Y la gran diferencia entre aquella tragedia y esta es que en aquel caso las competencias estaban repartidas entre Generalitat y Moncloa, mientras que en este caso las competencias son exclusivas del gobierno central, y en concreto del Ministerio de Transporte, y de un ministro de transportes que no se ha caracterizado por el afán de concordia y por eso se ha alzado un coro inmediato de llamamientos a no politizar la tragedia.
Ojo, insistimos, lo primero aquí sigue siendo las víctimas, las familias, los heridos. Todavía reina la incertidumbre. Todavía hay mucha gente que no están, que no saben dónde están sus seres queridos. Y cuanto más se demore la gresca política, mejor. Y está bien que Pedro Sánchez inste a los españoles a informarse a través de canales veraces, de medios acreditados y está bien que nos invite a desconfiar de los bulos que se esparcen en las redes sociales, pero estaría aún mejor que le dijese a don Óscar Puente, que casualmente es el ministro responsable de gestionar y mantener el transporte ferroviario en España, que, hombre, deje de usar las redes sociales precisamente para atizar la polarización y para bloquear a periodistas después de insultarlos, porque eso dificulta la transparencia, ¿verdad?. Y eso dificulta la lealtad institucional, ¿verdad?
El ministro del ramo ahora quiere que le crean cuando informa de los pasos que va dando la investigación, pero esa confianza hay que ganársela y uno no se gana reputación de gestor solvente y de ministro fiable riéndose de la mitad de los españoles mañana, tarde y noche. Ahora todas esas gracietas se le vuelven en contra como un boomerang.
Las preguntas tras la tragedia
No arriesgamos mucho si decimos que Óscar Puente será recordado por la tragedia de Adamuz, no significa que sea el culpable, pero hay una diferencia entre la culpa y la responsabilidad. Y el respeto a las víctimas nunca puede traducirse en la renuncia a exigir responsabilidades, precisamente por ellas, por las víctimas y por todas las víctimas potenciales, que somos todos los que viajamos en tren, queremos saber, queremos saber por qué el AVE, que era la joya de la corona de las infraestructuras españolas, ahora es noticia cuando llega puntual, no cuando se retrasa. Y, ¿por qué el registro de incidencia se ha multiplicado en los últimos años?
Hay muchas preguntas legítimas. ¿Se ha hecho bien la liberalización del sector? ¿Pasan hoy demasiados trenes por unas vías a las que no se destina una inversión proporcional a ese aumento del tráfico? ¿Puede ser que encadenar tres años sin aprobar unos presupuestos generales del Estado actualizados tengan que ver con la falta de mantenimiento de nuestras infraestructuras? ¿Puede ser que un ministerio donde se se enchufa a las amantes de un ministro hoy encarcelado no se esté guiando precisamente en su política de contratación por la competencia técnica a la hora de escoger a sus gestores? ¿Puede ser que la corrupción se pague cara? ¿Puede ser? Son preguntas que se están haciendo todos los españoles y no porque quieran politizar la tragedia, sino porque cogen el AVE todos los meses o todas las semanas y pagan el AVE con sus impuestos y tienen derecho a sentirse seguros en él.
Así que tomemos serenamente la palabra al presidente y digamos, “señores del gobierno, son ustedes dueños en exclusiva de la competencia ferroviaria”, sin bulos, con sosiego y con transparencia empiecen a responder preguntas.



