Antonio Agredano y los encuentros casuales: "Si veo a alguien que conozco en un lugar insospechado, simplemente me cambio de acera"
El cronista de Herrera en COPE habla de esos encuentros por sorpresa que alguna vez hemos tenido con alguien conocido.

Encuentros, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas
Publicado el
2 min lectura2:15 min escucha
A una amiga en un probador de ropa en Londres, a su vecino en la selva mexicana o a un compañero de la mili en un capilla de Bilbao... nuestros Fósforos nos cuentan sus encuentros más singulares y Antonio Agredano le pone voz y letra.
ENCUENTROS
ESCUCHA AQUÍ 'CRÓNICAS PERPLEJAS'

Encuentros, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas
Sé reconocer a un español en el extranjero. Somos los que hablamos muy alto y decimos las barbaridades que se nos pasan por la cabeza pensando que, por estar en otro país, nadie entiende nuestro idioma.
Soy un hombre muy discreto hasta en las situaciones más indiscretas así que, si veo a alguien que conozco en un lugar insospechado, simplemente me cambio de acera o levanto el libro hasta taparme la cara. Faltaría irme a Florencia o a París para terminar hablando de lo mismo de lo que hablo tomándome una cerveza en el bar El Correo de Córdoba.
Me gusta la gente discreta. No es una virtud de nuestro tiempo. Vivimos días ruidosos, de mucho movimiento de manos y mucha palabra gruesa; y está de moda eso de llamar la atención en cualquier parte para forjar una personalidad de la que, habitualmente, se carece.
Pasan tantas cosas a lo largo de una jornada, que la gente hace cualquier cosa para que se la escuche. Los quince minutos de fama han pasado a ser quince segundos. Pasa en la calle, en el cine, en la política, entre los escritores, los periodistas. Es como un cortejo de pavo real. Todo es un escándalo, todo es histórico, todo es polémico, todo arde en las redes. Y hay gente que quiere ser oída en aviones, en trenes y en colas del ambulatorio.
Todos tenemos derecho a llamar un poco la atención de vez en cuando, pero en la vida funciona bien la pausa, la prudencia y el disimulo. Carga menos, dura más. Y a lo mejor es un poco decimonónico, pero me gustan esas tardes tranquilas, de té y confesiones en voz baja. Y esos paseos largos por el centro, rodeado de gente que tampoco sabe a dónde va.
Hay días en los que prefiero el gris invernal antes que el amarillo fluorescente. Hay días en los que uno sólo quiere que nadie lo mire, que nadie lo interrumpa, que nadie rompa ese embobamiento que precede a la primavera. Ser discreto es el refugio de quien no tiene ganas ni de hablar ni de escuchar. Y todos tenemos algún momento así de vez en cuando, ¿verdad?



