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El comandante de la UME que velaba a los muertos del Palacio de Hielo: "Recé con Robles y acabamos llorando"

José María Martín Corrochano habla por primera vez de los momentos más duros como coordinador de las principales macromorgues de Madrid

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Tiempo de lectura: 2'Actualizado 13:05

Cuando las personas se enfrentan a situaciones extremas, doloras, hay una cara y un envés: la circunstancia en sí, la pena y el dolor. La cara es la capacidad para sobreponerse. Y, de la epidemia que estamos pasando, nos quedan estampas sobrecogedoras y momentos bellísimos e inolvidables. Por un lado la fotografía de los féretros acumulados en el Palacio de Hielo de Madrid y, por otro, la guardia de unos soldados desconocidos hacían junto a los cuerpos.

“No era justo lo que estaba pasando, estaba muriendo una generación que nos sacó de una guerra, que levantó un país de paz y prosperidad. Pensaba que los que veían el Palacio de Hielo a diario eran los míos: padres, abuelos, en fin, soldados caídos. Sentía la necesidad de decirles que no están solos, camaradas, que vuestros soldados os velan y acompañan”. Son las palabras de José María Martín Corrochano, comandante de la UME y coordinador de las tres morgues de Madrid. No habla de aquello desde hace más de un año.

“Para nosotros tenía una implicación psicológica muy alta y creo que reconocer a esas personas como nuestras nos obligaba a hacer la misión más humana, los veíamos como soldados y sabemos que en el campo de batalla los soldados no se quedan solos”, confiesa en Fin de Semana de COPE el comandante a Cristina López Schlichting.

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La petición de la hija de un fallecido

El comandante de la UME confiesa en COPE que, cuando ya habían cerrado el Palacio de Hielo le llamó una chica que tuvo allí fallecido a su padre y que quería conocerle en persona. “Cuando llegó, a pesar de que estábamos todavía en uno de los momentos más duros de la pandemia, me abrazó, y no pude decirle que no, fue un abrazo muy sentido”, recuerda emocionado el coordinador de las macromorgues.

“Me dijo que quería tocarme la mano porque era la forma de despedirse de su padre, por si mi mano había tocado el féretro de su padre”, confiesa. Y es que, tal y como explica, a sus hombres no había que explicarles que había que velar los cuerpos: “A un soldado no hay que explicarle que hay que velar a un compañero. No hubo que decirle a nadie cómo había que tratado o con qué dignidad”, asegura.

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El rezo junto a Robles

Y es que, otro de los momentos que el comandante recuerda con más fuerza es el día que rezó junto a la ministra de Defensa, Margarita Robles. “Le pedí permiso para contarlo, porque la oración es algo muy íntimo”. “Una tarde vino ella sola, sin acompañante y sin escolta y me dijo que iba a entrar dentro a honrar nuestros fallecidos. Me dijo que era católica y que iba a rezar una oración, y le acompañé. No sé cuánto tiempo estuvimos allí, pero acabamos los dos llorando”, revela el miembro de la Unidad Militar de Emergencias.

“Fue un momento clave, me cambió la vida, el concepto de lo que es la vida, lo que es España, cuando vi a uno de nuestros máximos responsables llorando y rindiendo honores”.

Y es que el comandante repasaba diariamente los nombres de los que fallecía. “Me gustaba, en la soledad de mi despacho, repasar los nombres a modo de oración. No hace falta ser creyente para dignificar a las personas, y mientras no se olvide a una persona nunca muere, y se merecen que los recordemos a diario”.

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