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El Espejo

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Con Mario Alcudia, Álvaro Real y Jesús Luis Sacristán

V 13:30-14:00 / S-D 14:00-14:30

El 85 aniversario del asesinato del claretiano José Ignacio Gordon

La historia del beato José Ignacio Gordon, un religioso claretiano que fue asesinado por odio a la fe hace ahora 85 años y que nos sirve como ejemplo de perseverancia en la fe

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Tiempo de lectura: 2'Actualizado 16:30

Cuando el joven José Ignacio decidió profesar en los religiosos claretianos, muchos se sorprendieron. Al fin y al cabo, estaba renunciando a la buena vida que por nacimiento le habría correspondido para cambiarla por la espartana vida religiosa que le iba a esperar junto a los misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María. José Ignacio nació en Jerez de la Frontera en 1902 y era hijo de Luis Gonzaga Gordon y Doz, productor y comerciante de vinos, y Josefa de la Serna y Adorno, hija del marqués de Irún.

Sus biógrafos recuerdan que, desde el primer momento, José Ignacio no dudó en despojarse de su elegante levitón, y del sombrero, para vestir una humilde chaqueta durante los meses que pasó en el aspirantazgo, el paso previo a su profesión religiosa. Así lo relata Alejandro Gordon en Alfa y Omega. Gordon era un hombre avanzado a su tiempo. Había estudiado Derecho en la Universidad Central de Madrid antes de esclarecer su vocación religiosa y comenzar los estudios de Filosofía y Teología.

Su altruismo lo llevó a salir de su ciudad natal, de Jerez, para dedicar su vida, como religioso claretiano, a los demás, ofreciéndose en cuerpo y alma a su labor sacerdotal, algo que estaba orgulloso de realizar, como recuerdan muchos de los que le conocieron en vida: “Mi felicidad consiste en hacer la de los demás”. Así, fue nombrado superior de la comunidad de Játiva apenas tres años después de su ordenación sacerdotal. Allí fue confirmado para su cargo en 1934 por tres años más, que no llegó a concluir.

Trasladado a Valencia por seguridad a mediados del 36, fue detenido junto al padre Alonso el 12 de agosto y pasó el día en oración y conversación junto a los otros sacerdotes detenidos, preparándose para el martirio. Al anochecer les dieron de cenar un guiso que apenas probaron y, ya entrada la noche les llamaron a declarar, a él en primer lugar. El tribunal estaba formado por unos siete, entre los cuales había uno o dos de Játiva. Le preguntaron por su familia, si origen nobiliario, sus bienes, los de su familia, sobre si era sacerdote y, sobre el colegio que había levantado en Játiva, con qué dinero lo había construido o cómo trataba a los niños.

Salió impresionado, pálido y tembloroso. Sin embargo su rostro reflejaba la alegría del que sabe que va a ponerse en presencia del Señor y repetía: “Pronto nos juntaremos al coro de los mártires”. A eso de las doce de la noche le sacaron junto a los otros dos sacerdotes y los llevaron a Alboraya. Al bajar, se abrazó con los otros dos religiosos y dijo: “Jesús mío, en tus manos encomiendo mi alma”, y se dirigió a los milicianos que iban a asesinarlos con estas palabras: “Os perdonamos de corazón”.

A continuación, los sacerdotes se dieron mutuamente la absolución antes de ser fusilados. El padre Gordon quedó herido, y recitaba: “¡Madre mía!”. Estuvo 20 minutos mal herido, hasta que los verdugos se acercaron a él y al ver que vivía, le dispararon un tiro en la cabeza. La vida del padre Gordon puede servirnos como ejemplo para que, cada uno, desde el lugar que nos ha tocado, pongamos todo nuestro empeño en darnos a los demás como forma de conversión para estar más cerca del Señor.

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