Boletín

Lo que queda del Papa en Marruecos

Manuel Cruz

Manuel Cruz

Periodista

Tiempo de lectura: 5'Actualizado 21:54

El Papa llama a los católicos de Marruecos a dialogar con los musulmanes sin proselitismo, integrismo o división

Cuando asistía por televisión a la Misa presidida por el Papa Francisco en el estadio Mulay Abdelah de Rabat, (en realidad lo vivía como si estuviera allí), me preguntaba donde estaban aquellos millares de jóvenes marroquíes que en agosto de 1985 acogieron con tanto entusiasmo a otro Papa, Juan Pablo II, que visitaba por primera vez tierra islámica.

¿Qué quedaban de aquellas palabras tan aplaudidas sobre los valores que unen a cristianos y musulmanes, a la fe compartida de Abrahan, patriarca común, junto a los hebreos, de las tres religiones monoteístas? “El primer problema que se presenta al joven hoy es el de los valores que ha de escoger para construir su personalidad", les dijo el Papa hoy santo en aquella memorable ocasión. ¿Qué queda de aquellas palabras? No lo sé, pero Marruecos, donde viví cerca de veinte años y que considero mi segunda patria, me sigue golpeando el corazón y cada una de sus novedades políticas, culturales, sociales y religiosas, me siguen interesando tanto o más que las que padecemos en nuestra España desunida.

En Marruecos, pese al crecimiento islamista, no hay tantas divisiones como en España. Allí hay un Jefe de Estado que es, al mismo tiempo, Amin al Mumunin, o Comendador de los Creyentes, algo más que un papa para los marroquíes porque, además, ostenta el poder temporal y su palabra es ley respetada, no importa quienes sea el rey de turno.

Hasan II, el padre del actual Mohamed VI, fue muy querido y tambien odiado por alguna minoría, pero siempre respetado. Solo un curioso movimiento islamista tolerado pero confinado, se atrevió a poner en tela de juicio la legitimidad de Hasan II como Cherif, descendiente de Mahoma, pero el rey no levanto su mano contra su peculiar disidente y sus descendientes. Su hijo, Mohamed VI, ha tenido el valor de reformar la Mudauana, es decir, las leyes que rigen la vida familiar, dando a la mujer un estatuto de libertad que nunca se había conocido en Marrueos, aunque todavía la sociedad espera más avances. También ha cambiado la Constitución al socaire de la “Primavera árabe” que acabó con las dictaduras tunecina, libia y egipcia. Gracias a esos cambios, se ha consolidado la libertad de culto y el respeto a los cristianos, aunque sigue vigente la ausencia de libertad religiosa sobre la que no ha dejado de insistir Francisco.

Los marroquíes que se convierten, gracias sobre todo a la accióm clandestina de clérigos y seglares evangelistas, varias veces perseguidos y expulsados, viven en una amarga clandestinidad. Los eclesiásticos católicos, agrupados en los dos diócesis de Rabat y Tánger, siguen al pie de la letra la prohibición de proselitismo. Su labor consiste en dar testimonio de fraternidad y acogida, y gracias a sus dos arzobispos españoles (el franciscano Santiago Agrelo en Tánger y el salesiano Cristóbal López de Rabat) los aspirantes a le emigración a Europa que se concentran en Marruecos como pureta de salida, son acogidos, vestidos, alfabetizados y hasta formados en los más diversos oficios para que, llegado el día, puedan realizar la aventura del cruce del Estrecho en alguna patera que les lleve a las cercanas costas españolas.

En buena medida, lo que hacen los dos obispos y sus escasos sacerdotes y monjas que mantienen viva la acción de Cáritas, es lo que deberían hacer los países europeos además de abandonar su resistencia a la llegada de quienes buscan la salvación de sus vidas tras huir de sus países en guerra o donde no hay trabajo ni siquiera para supervivir.

Se trata de eso: de acoger a los futuros emigrantes, formarlos profesionalmente y organizar su llegada a Europa -¡donde hacen falta por la baja natalidad!- de manera ordenada, sin prejuicios. Así las vallas no servirían para nada. ¡Abajo las vallas! Ese ha sido en cierto todo, el grito de Francisco en su visita a Marruecos, donde los emigrantes subsaharianos no son tratados como carne humana despreciable. Curiosamente, Mohamed VI, que ha fundado un centro de formación de imanes para que prediquen la tolerancia islámica frente a la violencia de los radicales, se ha propuesto ayudar a los países subsaharianos de mayoría o minorías islámicas (de Malí a Senegal pasando por Nigeria, Chad, República Centrofricana, Burkina Faso…) para que allí prediquen esos imanes salidos del centro marroquí, en una ofensiva reislamizadora en la que se ha comprometido personalmente el rey Mohamed VI.

En esa espectacular iniciativa del soberano cherifiano está la predicación de la tolerancia y compresión del cristianismo, la necesidad del respeto mutuo y de la dignidad de la persona. No va más lejos –es decir, lo que sería una revolución. abogar por la libertad religiosa- porque la prohíbe el Corán.

En realidad, pueden parecernos hasta sorprendentes los equilibrios que están haciendo ya los dirigentes islámicos para contener el radicalismo islamista que tantos prosélitos ha conseguido con sus atentados terroristas dentro y fuera del mundo islámico. El documento de Abu Dabi firmado por el Papa y el dirigente supremo de Al Azhar, es una prueba de ello, como también lo es el firmado el sábado 30 de marzo por Francisco y Mohamed VI sobre el Estatuto de Jerusalén como patrimonio de las tres religiones monteistas.

Habrá que esperar a que el tiempo haga germinar las semillas sembradas en el curso del intenso diálogo interreligioso entablado hace décadas y cada día reafirmado por este Papa que sale a las periferias a abrazar a los marginados por nuestra sociedad europea tan aburguesada y tan acomodada al materialismo, al tiempo que olvida sus valores religiosos fundacionales de nuestra civilización.

En fin, ahora me pregunto lo que quedará en las mentes y en los corazones de la corta visisa del papa a Rabat ¡Cuánto me hubiera gustado estar presente allí, tanto para vivir la emoción en vivo de la Eucaristía celebrada por Francisco como para preguntar por los jóvenes, que hoy peinan canas, qué poso les dejó Juan Pablo II cuando vapuleó sus corazones hablándoles de Dios como el primer problema que se presenta cuando se reflexiona sobre el misterio de la propia existencia y los valores que debe escoger para construir su personalidad…

Bien es verdad que un musulmanes al contrario que el católico, en principio, no llegan a tener ese problema porque todo lo tienen ya hecho y dicho en un Corán que se aprende de memoria desde la niñez, aunque no se entienda. Nuestra bendita libertad religiosa nos muestra a Dios como una opción trascendente de vida que no siempre se sabe enseñar y que está combatida por unos poderes fácticos y políticos sumergidos en el materialismo y el relativismo, como una enemiga del orden económico y social establecido por ellos. ¿Quién nos habla de Dios, cuando no es manipulado por alguna minoría exaltada, desde los mítines políticos? Nadie. Dios está al margen de toda actividad humana, especialmente en el mundo de la comunicación, en nuestra sociedad, salvo las minorías que todavía resisten gracias a la Eucaristía. Eso no ocurre ni en Marruecos ni en ningún país islámico, donde Dios es el protagonista que rige la vida en todos sus aspectos. No hay político musulmán que no tenga a Dios presente en sus mítines, declaraciones y objetivos.

La gran diferencia entre Marruecos y esa España que el Papa no quiere visitar hasta que haya paz -¡que golpe a las conciencias!- reside precisamente en el lugar que ocupa Dios en nuestras preocupaciones. ¡Bendito sea Marruecos por no haber olvidado a Dios y por haber acogido al Papa como enviado de Dios! Eso es lo que quedará de su visita: la reafirmación de una esperanza que impulsará tanto a católicos como a aspirantes a la emigración a Europa, a confiar más en que Dios provee y que no se olvida de sus hijos.

Todo eso y más cosas que quedan en mi corazón, ha sido mi vivencia durante la Eucaristía del estadio del Príncipe Mulay Abdelah, el hermano de Hasan II con el que tuve el honor de compartir mesa y mantel en un inolvidable encuentro en Marrakech durante la “Marcha Verde”. ¡Qué recuerdos, Señor!

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