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Las posesiones de Ulises o el final progresista del aborto

Nuestros partidos políticos parecen no acertar con la defensa de la vida humana intrauterina

Pablo Martínez de Anguita

Pablo Martínez de Anguita

Director de la revista Lands Care.

Tiempo de lectura: 8'Actualizado 11:33

Las posesiones de Ulises o el final progresista del aborto

 

Hace algunos años el profesor norteamericano de ética ambiental Peter Wenz se reunía para comer con un colega de India y un joven doctorando. El primero había decidido hacerse vegetariano tras haber visitado algunas granjas de cerdos. El segundo, al igual que Gandhi procedía de una región donde nunca se había comido carne. El doctorando estaba casado con una coreana cristiana que por motivos religiosos no comía carne y a quien acompañaba en su decisión. Ninguno de los tres la tomó, si bien cada cual se abstuvo por motivos diferentes. La decisión del profesor Wenz tenía su origen en la consideración del sufrimiento animal, la del profesor indio procedía de razones histórico culturales, y la del estudiante coreano tenía un origen religioso. A pesar de ello, los tres pudieron compartir un productivo y agradable almuerzo.

El autor de esta anécdota no es otro que el profesor Wenz, quien muestra con este ejemplo lo que define como “ética social”. Ésta consiste – a diferencia de la “ética natural”- en el conjunto de valores que independientemente de su origen, permite establecer un consenso sobre el cual la sociedad asume unos valores que acaban definiendo una conducta como socialmente aceptable o no, correcta o incorrecta. El estudio de los paradigmas “éticos sociales” permite arrojar luz sobre la evolución de los valores que adoptan las sociedades a lo largo del tiempo independientemente de su ajuste a la ética natural o a una moral revelada, y puede permitir encontrar argumentos adicionales por los cuales confiar en que el aborto como otras lacras de la humanidad será superada.

El concepto de avance de la “ética social” fue empleado por primera vez por el padre del movimiento ecologista, Aldo Leopold en su obra “The land ethic” (1949) para explicar el carácter progresivo de los valores que adoptan las sociedades: Cuando Ulises regresa a Ítaca tras las guerras de Troya, ahorca a una docena de esclavas domésticas de quienes sospecha que le han sido infieles, y tras recuperar su trono, tumbado en su cama le cuenta tranquilamente sus aventuras a su mujer Penélope. Este ahorcamiento, relata Leopold, no implicaba una cuestión de justicia. Las esclavas eran propiedad suya, y disponer de una posesión, como ahora, no era una cuestión moral sino de conveniencia.

Leopold prosigue explicando como a pesar de este ahorcamiento, los conceptos de correcto e incorrecto no faltaban en la Grecia de Ulises; así lo atestigua la fidelidad de Penélope durante su ausencia. Sencillamente, la estructura ética de aquel tiempo alcanzaba en el hogar de Ulises a su esposa pero no a sus propiedades, en concreto a sus esclavas.

Siguiendo la hipótesis de Leopold, se puede trazar históricamente el avance de la frontera de la ética social. Si antaño únicamente eran objetos de moral, y por lo tanto de derecho, los miembros del propio clan, con el tiempo el clan se transformó en polis y ésta en ciudadanía. En Grecia la consideración moral hacia quienes no eran miembros de la ciudad - las esclavas de Ulises- era diferente, casi inexistente respecto a un miembro del clan. En Roma, la consideración de sujeto moral se extendió geográficamente, si bien sólo se aplicó a determinados varones, los ciudadanos romanos. Así, San Pablo evitó ser torturado por ser romano a pesar de haber nacido en Tarso, hoy Turquía. Más adelante la implantación del cristianismo en el Imperio favoreció la inclusión de la mujer como sujeto moral superando un derecho romano exclusivamente masculino. En los siglos posteriores la nueva frontera a superar sería la esclavitud negra e indígena.

En cada paso de la Historia, esta progresión ética social fue avanzando no tanto en la medida en que los derechos de un nuevo grupo social eran reconocidos legalmente sino aceptados socialmente. Así, a pesar de la consideración de los indígenas como súbditos de Isabel la Católica y de las Leyes de Indias promulgadas en España, se necesitaron muchos siglos para que los indígenas americanos pudieran ver reconocidos muchos de sus derechos más básicos en la América hispana. Del mismo modo, a pesar de la prohibición expresa de la esclavitud negra en 1639 por parte de Urbano VIII en nombre de una entonces poderosa Iglesia católica, ésta no desaparecería de América y Europa hasta después de que triunfara socialmente una ética protestante y antiesclavista en Norteamérica procedente de Inglaterra y originada en su revolución industrial.

Desde finales del siglo XIX hasta finales del siglo XX esta frontera ética-social se expandió en dos frentes adicionales, la mujer y la naturaleza. La revolución industrial modificó el rol de las mujeres favoreciendo su incipiente incorporación al mercado laboral y su emancipación respecto del hombre. Posteriormente en los años sesenta el descubrimiento de los anticonceptivos permitió a la mujer equipararse plenamente al hombre al decidir sobre su futuro reproductivo y, por lo tanto, laboral. Por otra parte, y a partir de la publicación de “The Land Ethic” de Leopold en 1949, los grupos conservacionistas comenzaron en palabras de este autor a expandir la frontera de la ética a toda la comunidad biótica a través de un postulado nuevo que en menos de cincuenta años llegaría a toda la sociedad: “Una acción es buena en la medida que preserva la integridad del ecosistema y es mala en la medida que provoca la contrario”. Las primeras feministas y el recién nacido movimiento conservacionista percibía un horizonte radicalmente nuevo, justo y necesario pero quizá imposible. Si hoy echaran la vista atrás, y sin menoscabo de lo que queda por lograr, quizá no podrán creerse como el mundo ha aceptado su entonces revolucionaria propuesta de ampliación de la frontera moral.

Se puede concluir a la vista de esta historia que este avance de la frontera de la ética social ha sido expansivo e inclusivo, y que la inclusión de cada nueva realidad social dentro de esta frontera ha tenido un resultado considerado en términos globales como positivo. Cada frontera ética cruzada ha sido el resultado de abrazar de un modo más humano la realidad en un nuevo aspecto. Así, por ejemplo considerar la esclavitud hace siglos o la contaminación o el maltrato animal en estos últimos años como conductas a eliminar ha implicado limitar a su pesar las actuaciones de algunas empresas agrarias antaño o de muchas industrias ahora; pero al mismo tiempo nos ha hecho a todos, incluidas dichas empresas no sólo más justos, sino más humanos y sostenibles. Si nos peguntamos por qué cada una de estas expansiones que a su vez implicaba limitaciones ha triunfado y posteriormente se ha mantenido en el tiempo, la respuesta es sencilla: tras cada uno de estos saltos o ampliaciones de la frontera de la ética social, hemos estado mejor que antes. Incluir a nuevos elementos, humanos como otros grupos o razas, o no humanos, como la comunidad ecosistémica nos ha hecho mejores al dar una respuesta a cada nueva realidad de un modo más consciente y acorde con nuestra naturaleza humana y sus exigencias de justicia.

Hoy hay muchas personas que por haber visto las imágenes de un feto en el útero materno gracias a los avances tecnológicos y quedar fascinados, que por ver las terribles fotos de fetos abortados y quedar conmovidos, que por conocer a alguna mujer que haya abortado o por haberlo sencillamente experimentado, son conscientes de que nadie aborta a gusto y de que se trata de un mal que se debería evitar. Hay otras personas para quienes la vida humana es culturalmente un bien intocable tanto dentro como fuera del vientre materno. También existen otras que tienen motivos religiosos filosóficos para oponerse al aborto. Existe pues un comienzo de consenso sobre una realidad que la ciencia pone de manifiesto ( como lo hizo con la cuestión ambiental o las razas humanas): la vida humana comienza en el momento de la concepción y es autónoma aun estando confinada en el útero, y debe ser objeto de una “justicia intrauterina” acorde con los datos científicos y las exigencias del corazón humano. Yo creo que más tarde o más temprano eclosionará esta exigencia que nacida a partir de distintos orígenes está generando una nueva conciencia social en el mundo sobre un problema que afecta a más de 100.000 mujeres y sus respectivos fetos anualmente en España.

Si hoy el aborto sigue subsistiendo en sociedades avanzadas con serios planteamientos morales y sociales como la nuestra es a mi juicio sólo por dos razones. La primera es porque hasta hace poco la ciencia no nos había puesto delante la realidad intrauterina (como desconocíamos la ambiental hace cincuenta años). La segunda es porque el aborto es una consecuencia de un avance previo, el de la liberación de la mujer. Esto hace que la cuestión del aborto no esté resuelta en España. Quienes defienden los derechos de la mujer desconfían de quienes proponen expandir de nuevo la frontera ética y viceversa. El problema requiere por tanto un trabajo político que permita encontrar consensos y soluciones alternativas al aborto que no pongan en peligro el estatus y bienestar que ha logrado la mujer en los últimos años.

Si las revoluciones ético-sociales anteriores nos han conducido a concienciarnos sobre la necesidad de crear una sociedad más justa, mas sostenible o más igualitaria; la aceptación social de los fetos como miembros de pleno derecho de nuestra comunidad podría llevarnos a ser una sociedad más humana y mas amable, valores muy necesarios en una sociedad actual caracterizada en gran medida por el desamor y la soledad.

La reclamación de una “justicia intrauterina” implica considerar a los fetos como seres humanos con los mismos derechos que tenemos los extrauterinos, nos invita a quienes ya hemos nacido a acogerlos como un presente, tanto a ellos como a sus madres, y por lo tanto, a facilitarles el apoyo total económico y social para que puedan llevar a cabo su embarazo. Nos conduce a profundizar en la educación de los adolescentes especialmente en la responsabilidad no sólo en las relaciones sexuales sino también en sus relaciones afectivas; nos obliga a acabar con las redes de prostitución y a facilitar caminos alternativos para quienes se sientan esclavizadas en ellas y quieran cambiar sus vidas. Nos fuerza a mirar a las mujeres embarazadas como un gran bien para la sociedad, y a esforzarnos en conciliar la vida laboral y familiar. Nos obliga a una nueva revolución, a mirar la vida humana con un nuevo afecto.

Superar el aborto no va a ser únicamente una cuestión legal. Va a requerir lo mejor de nosotros mismos como ya lo hicieron los avances morales sociales previos: será necesario implicarnos para acoger a quienes necesitan nuestra ayuda para sacar adelante una nueva vida, mejorar los sistemas de adopción para que quienes no quieran o puedan cuidar a sus hijos no sufran por el destino de los fetos, potenciar los sistemas de acogida, no sólo de madres embarazadas sino de familias con problemas, así como desarrollar una nueva concienciación social sobre el valor de la vida humana intra y extrauterina, y de los valores afectivos que surgen en torno a su consideración como regalo.

Traspasar esta nueva frontera ética implicará en última instancia mirar la vida humana con mayor respeto, para lo cual la clave social será a mi juicio generar un profundo sentido de admiración sobre nuestra existencia Sí, partir de la admiración, pues de ella nace el verdadero respeto ya sea por el humano diferente, o por la naturaleza, y que favorece la aceptación de lo que de por si es justo pero invisible. Así pues podríamos llamar “justicia intrauterina” a esta nueva extensión de la frontera ética social que implica la inclusión de la comunidad fetal, de la que todos hemos sido parte, como miembros de pleno derecho en nuestra sociedad. Esta nueva forma de justicia ha de nacer como un proceso natural en una sociedad libre que toma conciencia a través de la ciencia y especialmente de las imágenes documentales intrauterinas del valor de la vida de los fetos humanos, es decir de nosotros.

Si la consideración de la naturaleza nos ha hecho una sociedad más rica por valorar más la belleza o la diversidad de los ecosistemas, la consideración ética-social de la vida humana intrauterina, como en cada salto ético, facilitará un nuevo tipo de riqueza social: la potenciación del amor, el afecto, la ternura, la compasión, la protección o el asombro que se despiertan ante el milagro de la vida. Los fetos, los niños nacidos y las madres requieren algo de esta sociedad, que paradójicamente necesita dar para crecer aunque no sea consciente de ello, necesitan mirar la vida como un regalo en su estructura más íntima y primordial. La “justicia intrauterina”, es decir la inclusión de la comunidad fetal dentro de la frontera ético-social traerá, como en cada uno de los saltos anteriores, una sociedad un poco más humana, más habitable, más amable, mejor, y unas relaciones entre las personas basadas en dichos valores.

La “justicia intrauterina”, la igualdad de derechos intrínsecos para quienes hemos nacido o estamos por hacerlo puede parecer hoy tan contrario a la mentalidad de nuestro tiempo y a la vez tan justo, tan revolucionario y al mismo tiempo necesario, como les debió parecer a los abolicionistas, a las primeras feministas o a Aldo Leopold y los pioneros de la conservación sus exigencias de justicia. Por eso es el reto del siglo XXI. Cada generación tiende a juzgar a las anteriores desde su propios valores, valores que tienden a ser cada vez más humanos. Hoy no entendemos el pasado. ¿Cómo las esclavas de Ulises pudieron ser de su posesión? En el futuro se preguntarán como los hombres y mujeres del siglo XXI pudieron poseer a sus fetos. Y en el presente el mismo reto.

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