Más directos

La emocionante despedida de Jon Uriarte al padre de Ramón García: "Bilbainos con diptongo"

El comunicador de COPE revive sus entrañables vivencias con el recientemente fallecido y con su hijo, Ramontxu

Jon Uriarte

Jon Uriarte

Comunicador

Tiempo de lectura: 3'Actualizado 19 nov 2019

La emocionante despedida de Jon Uriarte al padre de Ramón García

 

No pude ver cuánto le dio. Pero la sonrisa del hombre lo decía todo. Y no era la primera vez. Siempre que veía a un músico callejero, abría su cartera. Así era Ramón GarcíaPadre de mi amigo y hermano de la vida al que todos conocen por ser gran embajador de Bilbao y convertir su Ramontxu en diminutivo cariñoso y firma profesionalPero el verdadero Ramontxu, era su padre. El hombre a quien dijimos la pasada semana 'Hasta luego'. Aunque no lo crean, tuve la sensación de que sonó menos música de lo habitual. Como si los instrumentos callaran por el maestro que se fue. Al fin y al cabo, su historia es la banda sonora de nuestra tierra. Miembro de una saga de artistas, formó parte de la “Orquestina García” de SodupePerdón, orquesta. Que ya me dejó claro que eran muy grandes. De hecho, escribí sobre ello unas líneas que hoy quiero recordar. Para ello viajaremos hasta 1945, año en que el abuelo crea la orquesta.

Ramón García padre, acordeón y trompeta, Ramón García hijo, trompeta y acordeón, el tío Antonio García, saxo y clarinete y a la batería, agárrense, Mari García. Hasta en eso fueron pioneros. Y valientes. Como la tarde que viajaban en el tren de la Robla y el de abastos, al entrar en el vagón, les gritó señalando las cajas de los instrumentos-¿Qué llevan ahí?-. Y al unísono respondieron-Garbanzos, sal, harina…-El inspector les interrumpió chulesco-¡Si fuera verdad me lo íbais a decir!-. Y abandonó airado el vagón. No sospechaba que, si llevaban los instrumentos encima, era porque las cajas estaban llenas de comida.

Cada vez que Ramón contaba la anécdota reíamos, sabiendo que la historia llevaba melodía agridulce. Pero contada por él, como siempre pasaba, tenía algo de comedia italiana. A lo que hay que añadir su porte natural de galán, que hasta en traje de baño lucía elegante. Y su aristócrata pelo blanco que le acompañó hasta el final. Que naciera en las Encartaciones, de lo que siempre presumió, no le impidió jamás proclamar su firme y militante bilbainismo. Y ejercía de agradable anfitrión para toda persona que asomase por la calle Autonomía, su hogar, o por todo lo que abarcaba Indautxu, su reino. Ese que llegaba hasta Laredo, donde veranearon durante décadas y hoy también le lloran. Porque Ramón era como su acordeónAfloraba en cualquier reunión cuando menos te lo esperabas y cambiaba el paso a la conversación o al relatoconvirtiendo la monotonía en alegría. Como el pincha discos que sabe cuándo hay que poner determinado disco y llenar la pista. No en vano junto a Maria Luisa, su eterna compañera, fueron pioneros, otra vez, en eso de montar discotecas.

La demografía de Bizkaia debe mucho a las parejas que se formaron en el “Tulúa y el “Siglo XXI” de Sodupe. Incluidos bilbainos que hacían kilómetros para bailar bajo sus luces. Ramón comprendió muy pronto que la música sería su pasado, presente y futuro. Se necesitaban mutuamente. Hasta en los peores momentos compartieron escena. Como aquella noche que tocaban sobre un carro que hacía de escenario y Ramón, agotado y tocando la trompeta con los ojos cerrados y el sueño incipiente, cayó de bruces al suelo. Eso sí, ni soltó el instrumento ni dejó de tocar.

Que ya se sabe que el espectáculo debe continuar. Era su máxima. Aunque cuesta. Ya no le veré en los cumpleaños de sus nietas, ni en los eventos familiares. Tampoco en esa plaza de Bombero Etxaniz que convirtieron él y María Luisa en despacho y recepción de visitas. O en los bares y restaurantes de la zona, donde siguió haciendo gala de su sello de bon vivant. Pero hay un lugar donde siempre le veré. En cada músico. Famoso o callejero. Y en cada acordeón. Bilbao es un bollo, una gilda o un txikito. Pero también cada nota musical de una tierra de tradición oral. Cuando escuche un acordeón, le recordaré. Y lo haré con una sonrisa. Porque daría lo que fuera por lograr que, alguna vez, mi mejor día sonara tan alegre como la balada más triste de Ramón.

Artículo originalmente publicado en 'El Correo'.

Lo más