REPORTAJE

Las consecuencias de la pandemia: miseria y hambre

Te contamos la historia de seis familias a las que sí les cambió la vida, que una vez por semana forman en la Asociación Tardor las colas del hambre

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Las consecuencias de la pandemia: miseria y hambre

Redacción digital

Madrid - Publicado el - Actualizado

6 min lectura

El día que nos cambió la vida. Cuántas veces nos hemos referido al 14 de marzo de 2020 con esa frase. Y es cierto, nos cambió la vida. Confinados. Prohibido salir de casa, salvo para lo imprescindible. Trabajos esenciales, hacer la compra, ir a la farmacia o a cuidar de menores y dependientes.

De un día para otro, darnos dos besos, un abrazo, sentarnos en una terraza, coger un avión, pasear, ir a casa de tu madre, quedar con tu mejor amiga, hacer deporte al aire libre, tener una cita, salir a bailar, comer en tu restaurante favorito, ir a tu librería, estaba prohibido. Todo prohibido.

Sí, nos cambió la vida. Pero a unos más que a otros. Porque el verdadero cambio está en que deje de entrar el sueldo que sostiene a la familia en casa de un día para otro. No poder pagar el alquiler, la hipoteca, la luz, el agua, el gas, la comida, la ropa que necesitan los niños, porque en este año no han dejado de crecer.

El cambio es de la tranquilidad de llegar a final de mes a la angustia de no tener para cubrir los gastos básicos. El cambio es de una vida cómoda, resuelta, hecha a ir a Servicios Sociales porque te han cortado el agua y tienes tres niños pequeños. El cambio es tener que elegir entre comprar comida o pagar el alquiler. El cambio es de una nevera llena a hacer cola para que te den una bolsa con comida para una semana para tu familia.

¿Te imaginas que hace un año tenías trabajo, estabilidad, algo de ahorros y que hoy vas una vez a la semana a una asociación para poder comer? Hoy te contamos la historia de seis personas a las que sí les cambió la vida, que una vez por semana acuden a la Asociación Tardor a esas colas del hambre. Son una pequeña muestra que representa lo que le está ocurriendo a miles y miles de personas en Baleares. Es la cara más dura, más amarga y cruel de la pandemia, y, sin duda, la que más cuesta mirar de frente.

Pongamos que se llama Ana. Ella y su marido hace un año, tenían trabajo. En hostelería, cada uno en un hotel diferente. La pandemia les pilló trabajando. Cierre del hotel y ERTE. Dos meses tardaron en recibir el primer pago del SEPE. El mismo tiempo que tardaron en cortarles 20 días el agua. A ella le salió trabajo en una clínica, pero las cosas no andan bien en ningún sector, y no le renovaron el contrato. Son padres de tres hijos: la mayor, de 19, que busca trabajo pero tampoco encuentra y los mellizos de 16.

Las facturas empezaron a acumularse y al terminar el primer estado de alarma, les cortaron de agua durante 20 días. Se duchaban en casa de su vecina, quien, además, les llenaba garrafas de agua para que tuvieran para cocinar, beber y el baño.

La situación de Ana y su familia es la de muchas, muchísimas, en nuestras islas. Que de la noche a la mañana, se desmoronó, desmontó su vida. Tener que pedir dinero a familiares, comida a vecinos, acudir a Servicios sociales, formar parte de las colas del hambre.

Pongamos que se llama Juan. Hace un año, trabajaba de jardinero. Y su sueldo bastaba, era suficiente para mantener a su familia. Mujer y tres hijos. Dos de ellos con problemas de salud que requieren medicación. Su empresa, directamente, liquidó. Ahora, toda la ayuda que recibe son 420 euros al mes. No puede pagar ni alquiler ni facturas. Y comen gracias a la Asociación Tardor.

Los hijos de Juan tienen 10, 11 y 18 años. Él ya ha cumplido 50 años y con pocas esperanzas de encontrar otro trabajo. Nos cuenta que si no hay empleo para los jóvenes, menos para los mayores. Y que su hija mayor, la de 18, tendrá que elegir entre estudiar o comer.

Pongamos que se llama Alberto. Él forma parte de los llamados “trabajadores pobres”. Es vigilante de seguridad, cobra 1200 euros al mes en 12 pagas. Está separado y pasa una manutención por su hija. Cuando ha pagado alquiler y facturas, 40 euros es lo que le queda para pasar el resto del mes. Su mujer busca trabajo desde hace un año y hace dos meses que no les quedó más remedio que acudir a Tardor a por su bolsa semanal de comida.

Pongamos que se llama Manuel. Hace 5 años que llegó a Mallorca. Está casado, tiene dos hijas. La mayor tiene 7 años y la pequeña uno, el mismo tiempo que él lleva en ERTE. Trabajaba en hostelería y hace 8 meses que acude semanalmente a la Asociación Tardor para que su familia pueda comer.

Pongamos que se llama Carmen. Llegó a Mallorca el 31 de diciembre de 2019, huyendo de una red de trata de blancas de Colombia. Dos meses y medio después, se decretó el estado de alarma en nuestro país y sus esperanzas de una vida mejor, de encontrar trabajo, de poder enviar dinero a su familia, se desvanecieron. Hace seis meses que come gracias a tardor.

Pongamos que se llama Pedro. Hace un año y tres meses llegó a Mallorca con su madre. Su abuela y su tía residen en la isla desde hace 2 décadas. Es venezolano, solicitante de asilo, tiene 27 años, en su casa son 4. Su madre trabaja, pero su sueldo no basta para mantener a la familia. Ni a la de aquí ni a la de allí. A la mínima que pueden, envían aunque sea 50 euros a Venezuela. Desde diciembre, acude a Tardor. Tiene formación en gerencia financiera e informática. La pandemia también ha retrasado los trámites administrativos.

Mientras hablamos con estas personas de nombres ficticios e historias reales, en las cocinas de Tardor, una decena de voluntarios preparan la comida del día para más 800 personas. Tres mujeres, mientras pican más de un centenar de cebollas, nos cuentan que muchos no piden ayuda por vergüenza.

Antes de la pandemia, las personas que acudían a Tardor comían allí, sentados en mesas. Debido a las restricciones, los aforos y la distancia, ahora les dan la comida de todo el día en una bolsa. Muchos de ellos, son personas sin hogar.

Las voluntarias de Tardor critican, y duramente, la falta y ausencia total de ayuda y empatía de los políticos, que viven ajenos a esta realidad que no miran de frente.

Estos testimonios son de ayer, 17 de marzo. Un día cualquiera, un día más en el que Tardor repartió más de 850 servicios de comida elaborada, es decir, merienda, comida, cena y postres. Un día más en el que el Centro de Atención Familiar entregó alimentos, productos de saneamiento e higiene, incluso, productos para bebés y niños a más de 830 personas.

Si vas a SOS Mamás, Mallorca Sense Fam, Cáritas, si vas a cualquier ong, asociación, esta es la realidad de cada día desde hace 365 días. Un año en el que han triplicado las personas a las que ayudan. Y hay algo que las últimas semanas nos han contado todos: lo peor está por llegar. Y hay que mirarlo de frente, aunque cueste, por mucho que duela.

Porque saberlo e ignorarlo, como hacen las administraciones, que dicen “no hay dinero, vete a esta asociación” es de vergüenza. Y nosotros, como sociedad, como ciudadanos, tenemos el deber, la obligación y la humanidad de ayudarnos. Porque a ti también te cambió la vida, pero a unos más que a otros.

Y esto no es un reportaje sobre la Asociación Tardor. Es un reportaje sobre las consecuencias de la pandemia en nuestras islas: miseria y hambre.

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